José Luis Alvite

Días de merienda (I)

Días de merienda (I)
Días de merienda (I)larazon

Mientras Santiago González y Amilibia hablaban en la presentación de «Lilas en un prado negro», me distraje ensimismado durante unos segundos en el recuerdo de los días lejanos de mi infancia, cuando escribía a lápiz mis frases en el pan de la merienda. No sabía entonces que llegaría el día en el que fuese capaz de convertir en comida mi escritura, ni que estaría sentado en la sede de la Asociación de la Prensa de Madrid frente a un público al que me siento tan cercano que me parece injusto no llevar unido a mi nombre el estrambote plural de sus apellidos. La verdad es que nunca albergué muchas esperanzas respecto de mi futuro y cualquier cosa buena que me ocurre me parece que he de ponerla en entredicho o darme prisa en renunciar a ella. La primera vez que cobré un sueldo de periodista me sentí tan sorprendido que no dudé en darle una propina a la cajera que me había entregado el dinero. En eso pensaba mientras no me llegaba el momento de hablarle a un público con el que me siento sinceramente en deuda, porque yo siempre he creído que para un tipo como yo el éxito sólo podría ser la consecuencia de un imperdonable descuido, igual que a veces una frase mejora gracias a contener cualquier errata, tanto como gana en sabor la sopa si ha goteado en ella el sudor del cocinero. Rocío González había hecho la introducción del acto con una voz dulce y afectuosa que me pareció un derroche innecesario para arropar a alguien como yo, un tipo escéptico que aun conserva el espíritu derrotado de cuando era sólo un niño y pensaba que a él su helado de chocolate se lo vendería cada domingo en el parque el impasible conductor del coche fúnebre. Entonces entorné los ojos frente al público y sentí que me subía a la boca el sabor manuscrito de la merienda...