¿Do se ubica?

La Razón
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En un poemilla medieval de caza se narran las desventuras del arquero en pos de una urraca. La urraca, córvido incomestible que abunda en Castilla, donde se conoce como marica. La urraca no cae simpática a las buenas gentes del campo por motivos amparados en la más serena reflexión. Y el cazador medieval, harto del aguardo, se atreve a preguntarse: «Y la falsa pica-pica,/ la colilonga marica.../ ¿Do se ubica?». La urraca es abundante y poco aficionada al escondite y el camuflaje. Como mi delito se perpetró durante mi infancia y se han superado con creces los años establecidos para su prescripción, hago público que fui un experto tirador de urracas. Con escopeta el tiro acostumbra a ser alto y sencillo, pero entiendo la impaciencia del arquero. Para cazar urracas con arco y flechas hay que aguardar su llegada al nido, y las urracas son muy poco formales al respecto. No destacan por sus lazos familiares. Y el enfado del cazador medieval es perfectamente comprensible.

Se habla, y mucho, de la desaparición de Pablo Iglesias, que tanto gusta de emular a la «Dama, Dama» de la inovidable Cecilia. Ser la novia en la boda y hasta el muerto en el entierro con tal de dejar su sello. Y en efecto, desde las elecciones en Cataluña, Iglesias Turrión se ha enclaustrado, ora en el amor, ora en la meditación, ora en el merecido descanso. Diría el poemilla: «Y quien a todos critica/ y cambia tanto de chica/...¿Do se ubica?».

No obstante, hay una desaparecida con más responsabilidades públicas que el eximio profesor universitario. Y me refiero a la Princesa de Pucela. España no es como Austria o Alemania, repúblicas donde los príncipes abundan como urracas en Castilla. En España sólo hay un Príncipe, que es el de Asturias, en la actualidad Princesa. Pero tanto ha sido el poder político acumulado durante los gobiernos de Rajoy por la vicepresidenta Saénz de Santamaría, que algunos de sus compañeros de gabinete le han concedido el título de Princesa de Pucela. Los menos involucrados en sus maneras de actuar, precisamente. La Princesa de Pucela no está en Madrid ni en Barcelona, y los juglares con raíces medievales lamentan su evaporación de los espacios públicos. «Y la Princesa pollica/ que los poderes triplica/ y a toda gente complica,/... ¿Do se ubica?». Se ignora. Probablemente, estará reunida. Las personas muy importantes siempre están reunidas cuando son reclamadas. A los pies del faro de Formentor, Antonio Mingote formuló en alta voz la siguiente pregunta: –Y el farero ¿dónde está?–; a lo que Eugenio Suárez respondió: –Está reunido–.

La Princesa de Pucela se ha reunido con tanta asiduidad en los últimos meses que no ha podido cumplir con su principal encargo y menester. Cataluña. Se adecuó a sus deseos y preferencias un despacho en la Delegación del Gobierno en Barcelona, y no lo ha amortizado. Ahí están, sobre su mesa, todos los complementos de papelería sin estrenar. Grapas, señaladores adhesivos de todos los colores, lápices, bolígrafos, gomas de borrar y hasta un juego de dibujo con reglas, triángulos y cartabones. Lo imprescindible para gobernar con eficacia. Pero no. «La Princesa de Pucela/ en Tabarnia no ha hecho escuela/ y no ha dejado su estela», que diría el rapsoda del medievo. Tan desaparecida está, que ni el CNI tiene noticias de su paradero. Y sinceramente, no me parece bien.

Lo de las urracas no tiene importancia. De alguna manera había que principiar este texto melancólico. La desaparición de Iglesias Turrión, el eximio profesor, puede considerarse más preocupante. Pero que desaparezca del mapa la vicepresidenta del Gobierno, la Princesa de Pucela, se me antoja de altísima gravedad. Hagamos piña, reunámonos y realicemos lo imposible por hallarla y recuperarla. La orfandad duele.