Dos pura sangre en el Salón del Caballo en Sevilla

La RazónLa Razón

«Agatha Ruiz de la Prada y Vicente del Bosque: dos pura sangre en el SICAB», proclamaba la revista «Vanitatis». Por cursi que le pareciera a mi hermano Tristán, el retintín del titular tenía a mi madre encantada. No sé si era el hecho de verse asociada con aquella leyenda del fútbol, el que ignorasen a más de una docena de otras celebrities o la «corte masculina de admiradores» a la que hacían referencia, pero el artículo le entró de maravilla. Describía a Agatha Ruiz de la Prada como la «divorciada alegre». Supongo que les habría llegado noticia de la gran noche de Agatha en Sevilla, que terminó a las 6 de la mañana. (Cosa que no había hecho desde los años 80). Al día siguiente mi hermano Tristán y yo nos llevamos una bronca por habernos ido a la cama demasiado pronto. ¡Menuda vuelta ha dado esta tortilla!

Por curiosa que me parezca la segunda adolescencia de mi madre, he de admitir que Sevilla rejuvenece a cualquiera. Sevilla no solo tiene un color especial. Tiene múltiples, es un paraíso multicolor. Aquellos lunares enamoran a cualquiera. Y su flamenquito se te clava al corazón. ¿Qué mejor sitio para una reina de corazones?

Nuestro gran anfitrión, Mario Niebla del Toro, se volcó como siempre y como nunca. Había traído a todo al que había que traer para que su queridísimo SICAB fuera toda una sensación mediática (aparte de los casi 50 millones de euros que ya movían de por sí los caballitos).

El caballo de pura sangre español es toda una institución y ésta es su cumbre. Cientos de yeguadas se reunían a competir por los premios, miles de profesionales y comerciantes se ganaban la vida en estos escasos días en el SICAB.

Al igual, las personalidades del momento, las relevantes en Andalucía, se peleaban por la hegemonía ante las cámaras. Carmen Lomana, impecable como una princesa, vestida de Dior. Olivia de Borbón, futura duquesa de Sevilla, con su adorable marido Julián Porras. Victorio y Lucchino, los más simpáticos de la moda, con su arte andaluz. El guapísimo Enrique Solís, también magnate hotelero... Y estos solo eran los «concursantes» que tenía en mi propia mesa (en la espléndida cena de gala, celebrada en el Museo del Carruaje de Sevilla).

Por ahí merodeaban todo tipo de reinas de la belleza en espera. La despampanante Teresa Baca, madrina del SICAB 2017, por ejemplo. La espectacular nueva marquesa de Griñón (a la que yo había visto dejar a una caseta entera sin respiración, durante la Feria, con un ceñidísimo vestido de flamenco rojo). Antonia Del’Atte, con su glamour eterno. El gran Palomo y su mejor modelo, líderes de la nueva Movida que salía de Palma del Río...

No sé cómo, pero Tristán acabó estratégicamente situado (al lado de una atractiva rubia) para ver lo mejor del concurso de esa noche. Casualmente se había sentado al lado de la mítica Remedios Amaya, realeza gitana, y de María Jiménez, ¡toma ya! Y estas dos se pusieron a cantar. Una competición de llanto y alma, como solo dos veteranas así podían entonar.

(Remedios Amaya, la «Camarona» – me gustaría recordaros –, es nieta de la inimitable bailaora gitana Carmen Amaya, que dominaba al mismo demonio con su zapateo. Nacida con riñones raquíticos debería de haberse muerto de niña y vivió porque no paró de bailar, no paró de sudar, toda su vida. O bailaba o moría– lo cual daba un sentido cósmico a la cosa bastante maravilloso...).

Por fabuloso que fuese el despliegue de farándula, por entretenidos que nos tuvo nuestro amigo Chema Rodríguez, los verdaderos protagonistas de la semana fueron los propios caballos de pura raza española, traídos a Sevilla para lucirse como príncipes y campeones. Caballos de doma, de belleza, de enganche y de fantasía, nobles y guapos a rabiar. La rivalidad entre yeguadas era palpable. Nosotros nos habíamos hecho devotos de la Yeguada Corpus Christi (donde Tristán tenía un enchufe con un maestro Jedi de caballos), y justo tuvimos la suerte de que se llevaron el título de Mejor Yeguada por tercera vez en el SICAB.

Aún así la estrella de toda la ocasión, para mí, fue el enigmático Lorenzo. Un auténtico susurrador de caballos que los manipulaba como si fuesen piezas de parchís. Jamás había visto nada igual. Me dejó totalmente perpleja. Este hombre claramente se comunicaba con los caballos, con una precisión, con una sutileza, que nunca había visto antes.

De pie, encima de la grupa de dos caballazos españoles, con otros dos delanteros con riendas, Lorenzo Camargue impresionó a todo el público con sus acrobacias y maniobras con un total de 12 caballos. Un espectáculo digno de perder la cabeza. ¡Ya nos hubiese gustado controlar a un solo perro nuestro, durante 5 minutos, como lo hacía este francés con toda su manada de pura sangres!

Una vez más, volvimos fascinados de Sevilla...