El aceite de la ddemocracia

La Razón
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En «La paradoja democrática», su autora, Chantal Mouffe, entiende que la democracia liberal actual es el resultado de la confluencia de dos tradiciones: la democrática y la liberal. Sostiene que, en principio, no puede haber entre ellas una integración al partir de principios distintos y sobre todo contrapuestos; los principios democráticos de participación y de soberanía se asocian a una identidad colectiva que corre el riesgo de dejar en suspenso los derechos de libertad e igualdad individuales. Por su parte, los principios liberales de libertad e igualdad individuales son incapaces de fundamentar la unidad política colectiva, donde necesariamente han de ejercerse. La autora reconoce que las democracias modernas se moverán siempre en el terreno delimitado por esta paradoja, en un afán por lograr una conciliación que se sabe imposible; más esto solo se supera mediante la existencia de una pluralidad de fuerzas políticas que compitan en el esfuerzo de definir el bien común. Dentro de estos parámetros se mueven las modernas ideologías que han superado otras como el comunismo y conceptos como la lucha de clases. Admitamos que un modelo obsesionado con la identidad colectiva asfixia al individuo y su libertad, y por contra un modelo individualista se convierte en insolidario y extremadamente injusto. Pues ya es hora de abandonar estos dos modelos, y respetar dentro de lo racional las diferentes ideologías y modos de gobernar. En España, nuestra democracia y nuestra estructura constitucional impiden gobiernos que caigan en los extremos del individualismo, pero no impiden gobiernos que nos arrastren al paroxismo de lo colectivo, y so pretexto de buscar un mayor grado de solidaridad y de justicia aniquilen al individuo, devolviéndonos al socialismo real que creíamos arrumbando junto al muro de Berlín. Lo peor que puede hacer un político es negar legitimidad al adversario y confundir sus expectativas electorales con una especie de sentimiento exterminador del rival, incluidos los próximos ideológicos. Esto se agrava cuando esta clase de políticos quieren trasformar la sociedad creyendo que desde la ley se pueden moldear los principios y valores de una sociedad; por ejemplo, una reforma constitucional puede convertir a España en un estado laico como Francia, pero no puede acabar con los sentimientos religiosos de la gente, es imposible. Los que se creen únicos legitimarios del poder, y llamados como tales a ejercerlo durante décadas, lo primero que hacen cuando llegan al mismo, es quitarle el necesario aceite democrático al motor del sistema político para que se gripe, y así manteniendo la democracia formal obstaculizar la real, como ha ocurrido en Venezuela, donde lo primero que hace un gobierno que pierde unas elecciones legislativas es decretar el estado de emergencia para poder gobernar por decreto. El problema es que los que respetan las reglas democráticas de verdad, y creen en el individuo sin olvidar el colectivo, están en una gran inferioridad de condiciones, puesto el respeto de las reglas les penaliza. En España son mayoría las fuerzas políticas que respetan las reglas y esto nos debe dar seguridad, las aventuras peligrosas salen caras. El extremismo genera extremismo adverso, y esta lección en España ya nos la sabemos.