Toros

El artista que ganó la partida al miedo

La Razón
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Hay una delgada línea roja. La que delimita el miedo. La que marca a veces un destino infranqueable. La trampa que puede llegar a ser mortal y en la que se ven envueltos todos los toreros sin excepción. La del toreo. En su mayor acepción. El concepto amplio. El de serlo, sentirse, desearlo. Morante es el toreo por excelencia. La expresión profunda, rota e incluso dolorosa que desgarra por la intensidad de su esencia. Personalidad. Cuesta ver en Morante otra cosa que no sea un torero. En él convive la tauromaquia de todos los tiempos, aunque se represente en ese misterio de luces y sombras, de glorias y diablos que se agigantan en noches de tremenda oscuridad. Eso es Morante. Capaz de sublimarse o toparse con el bochorno sin encontrar escondite, apenas el desenlace en un instante. Morante es oscuro, hondo, rocambolesco, un robo del pasado y un pedazo de presente que se va asomando, poco a poco, aunque ansiemos la lentitud, al final. El propio torero de La Puebla, donde vive recluido a la vera de la Marisma, ha manifestado en alguna ocasión que es al toro a quien echa sus pesares, a modo de catarsis, de purificación... En la noche del domingo y después de una tarde gris de una temporada gris José Antonio Morante nos sorprendía retirándose de los ruedos. Un descanso. Alude al tamaño del toro y las presidencias y la necesidad de reconsiderar su entorno. Un alto en el camino. No es el primero. Lo hubo por salud mental en 2004 y cuando Rafael de Paula entró en su vida y ambos caminaron entre el caos. Es José Antonio torero artista, barroco, pero capaz de cruzar esa línea roja, la de despreciar el miedo y construir la magia sobre el mérito del valor, más allá del dolor de la carne, más allá del escozor de la herida, más allá del temor de la muerte, más allá como decía el propio torero recordando a Bergamín más allá de que el torero tenga «donde caerse muerto». Morante ha creado una leyenda no al calor de faenas rotundas, porque no le pertenecen, pero sí de la magia, la autenticidad, y el gozo de la emoción única del toreo. La pérdida de Morante es grande. Que sea pasajera. Que se ubique por dentro. Por fuera. Que acierte. Que encuentre los caminos de Dios para desafiar al destino. La afición aguarda. Espera latente, porque nos sobra vulgaridad y nos faltan genios. Y ese pellizco en la barriga de lo inigualable, precedido en ocasiones por una bronca monumental y merecidísima, es lo que sustenta todavía hoy y a pesar de la mediocridad política reinante, un maravilloso mundo de locos. Y lo sabe Morante, más allá de los toros, de los presidentes... Se hará larga la espera. Ya queda un día menos para que vuelva Morante.