El caballo de Troya

Alexis Tsipras ha elegido amenazar. En el avión hacia Atenas, un rubicundo ejecutivo griego, empleado de una multinacional, se quejaba de los elevados impuestos y apostaba por Syriza antes de las elecciones. «¿Echarnos? –me explicaba, muy bien aleccionado– ¡nunca se atreverán porque tenemos bases americanas y una estupenda relación con Moscú!». El gesto primero del nuevo presidente fue acudir el lunes, tras los comicios, a la Embajada rusa. Después apostaría por entorpecer las medidas de Bruselas contra Putin. El siguiente esfuerzo ha sido el de Yanis Varoufakis, el nuevo ministro de Economía, que visitando Roma, París y Londres buscaba talones sensibles a la política de austeridad impuesta en la crisis, intentando crear un frente contra Alemania y una grieta entre los socios. Pero ni siquiera hay contundencia en los argumentos: Tsipras celebró la victoria depositando flores en la tumba de los resistentes griegos a la invasión nazi –lo que fue interpretado como un desplante hacia Merkel–; pero en Berlín, su ministro ha pedido a los alemanes ayuda frente al auge de los «nazis» de Amanecer Dorado en Grecia. ¿En qué quedamos? Hay algo de chusco en esta forma de driblar. Los países europeos han hecho un viaje largo y duro hasta crear la UE. Comparten moneda, fronteras, buena parte de la legislación, banca y presupuestos. Subyace a todo ello una elección de valores entre los que se encuentra el de la seriedad. Con tremenda seriedad, precisamente, han emprendido en el norte, pero sobre todo en las periferias irlandesa, portuguesa y española, una durísima reestructuración encaminada al orden y el ahorro. Lo que ahora se intenta dinamitar es exactamente esa seriedad, la mutua confianza en la palabra dada. Pacta sunt servanda. En Juncker y Schaüble no se topan los ciudadanos griegos con un enemigo, el enemigo me temo que lo tienen en casa, como un caballo de Troya. No se puede ir a los hospitales con un sobre para sobornar a los médicos, ni hacer lo mismo con los funcionarios; los taxistas no deben regalar facturas falsas a cambio de propinas; no es justo falsear los presupuestos ante los organismos internacionales. Esas prácticas helénicas deben desaparecer. Grecia puede elegir entre volver al esplendor y limpieza del siglo V a.C., el que inspiró los fundamentos europeos, o quedarse en el recodo otomano, volver al dracma y convertirse en la Cuba de Europa, subvencionada desde Moscú. Tsipras no parece darse cuenta de que lo que está en juego es una forma de afrontar la realidad, que huye de trampas, amenazas, chantajes o trucos.