El desafío independentista

El tiempo y la recuperación económica juegan en contra del desafío independentista de CiU y ERC. Las oligarquías catalanas aprovecharon en el pasado los momentos de debilidad de España para intentar maniobras secesionistas siempre por intereses económicos y, como dirían los historiadores marxistas, de clase. Todas ellas fueron un fracaso. El oportunismo de esas élites tenía el mismo fundamento histórico que el esgrimido en la actualidad por algunos políticos nacionalistas y los pseudohistoriadores que se avienen a realizar una interpretación de la Historia tan inconsistente como fantasiosa. En muchas ocasiones he dicho y escrito que ser catalán es mi forma de ser español. Es algo de lo que me siento muy orgulloso. Los intentos secesionistas han sido generalmente acciones ridículas, aunque con graves pérdidas humanas y materiales, como la ocurrencia de entregarse a Francia en 1640 y hacer conde de Barcelona a Luis XIII. El cardenal Richelieu aprovechó la oportunidad para debilitar a Felipe IV, que tuvo que luchar en varios frentes y se perdió Portugal. El sueño de una Península unida se truncó por aquella traición.

La Historia se repitió en la Guerra de Sucesión donde un sector de la oligarquía catalana traicionó a su rey legítimo, Felipe V, porque le pareció más rentable que lo fuera el archiduque Carlos. Al final fue otro fracaso y el rey impuso los Decretos de Nueva Planta, aunque no era algo que estuviera previsto cuando llegó a España. La demostración de ello es que no lo hizo en Navarra y las Provincias Vascongadas, que fueron leales con la legitimidad histórica y la voluntad de Carlos II. Durante la Primera Guerra Carlista (1833-1839), Cataluña fue muy importante para los seguidores del pretendiente. No hay que olvidar el conflicto de los agraviados o «malcontents» de 1827, donde se comprobó la importancia de los focos absolutistas que incluso se sublevaban contra Fernando VII. La importancia del carlismo en la Primera Guerra es un dato muy significativo sobre esa visión radical y absolutista que rechazaba el liberalismo y era profundamente proteccionista en el terreno económico. Una vez más se aprovechó una crisis, como sucedió en la Primera República, con los regionalistas a partir de 1898 o el nacionalismo durante la Segunda República.

El 25-M será una oportunidad para comprobar la situación. Europa no apoya la secesión y sería un desastre para los catalanes en todos los sentidos, pero sobre todo un despropósito que se inscribe en esa línea de antecedentes que someramente he señalado. Lo más importante es que Cataluña siempre ha sido parte de España. Desde la Hispania romana hasta nuestros días ha existido una clara vocación común. Me gustaría un mal resultado del frente independentista, CiU y ERC, que les haga entrar en razón.