El desenchufe

La Razón
La RazónLa Razón

La noche del 23 de febrero de 1981, el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, telefoneó al Rey. Estaba al tablero de la democracia española que había dado a Cataluña el mayor autogobierno de su Historia, y Juan Carlos, atropellado por los asteroides, le calmó brevemente: «Tranquilo Jordi, tranquilo». Las libertades catalanas estaban aseguradas desde la tarde por el teniente general Ricardo Arozarena, Capitán General de la IV Región Militar, leal al Rey y la Constitución. Se superponen las imágenes: aquel Congreso contra las leyes de todos y estas Corts catalanas sediciosas y con idéntico esperpénto. La derecha más reaccionaria y corrupta de España, aliada no ya con ERC sino mendicante ante la extravagante CUP, que propone salir de España, del capitalismo, del euro, de Europa, del Hemisferio Norte y del sistema solar a cambio de casa y luz gratis para todos los catalanes. Hasta en los disparatados pronunciamientos de Macía o Companys puede hallarse un atisbo de romántica gesta, pero la señora Forcadell cruza el dintel de la independencia como una secretaria añosa portando papeles entre oficinas. Y el candidato Artur Mas en su primera investidura fallida oferta un helado en el postre de los educandos, ignorando el dietismo infantil, como aquel alcalde de Lima, Frejolito Barrantes, que ganó su elección asegurando un vaso de leche diario a los colegiales. No ha de extrañar que los secesionistas se amparen en el derecho a la autodeterminación, porque parecen habitar una colonia. Tejero y Milans ejercieron su derecho a decidir y les cayeron 30 años, porque rebelarse contra una Constitución, políticamente reformable, es un delito contra toda la sociedad. Los independentistas están atropellando los derechos de la mitad de quienes viven y trabajan en Cataluña, y, por ende, de todos los españoles. Si hubiera triunfado el golpe del 23– F y hubiéramos pasado unos años de oscurantismo, extramuros de Europa, en penuria y con autonomías miniaturizadas, este desacato constitucional no se habría producido. No es imaginable la república islámica catalana (por la cantidad de mezquitas) del 3%. Si es explicable que las cabezas del secesionismo necesiten de una Justicia propia para lavar sus prontuarios, ya que más vale ir a la cárcel por insumiso que por ladrón. El desarrollo de este lamentable trámite no puede ser más grosero y vulgar: ni un discurso de valía, ni una idea brillante, ni un nuevo concepto sobre el nacimiento de los Estados. No hay desconexión, hay desenchufe. Y te puedes quedar sin luz.