El discurso del presidente

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Contemplé la toma de posesión de Donald Trump en directo y sin comentaristas que, no pocas veces, enturbian más que aclaran lo que debería escucharse con atención. Más allá del personaje, me quedaron confirmadas las razones por las que, a inicios de octubre, desde esta misma tribuna anuncié su victoria electoral. Trump, tras dar gracias a Obama y a su esposa, subrayó que, durante años, había sido el establishment el que había recibido los frutos de la sociedad, pero no el pueblo. Ese día era el del pueblo y lo era porque, a partir de ahora, no se tratará de qué parte del poder político controla el gobierno sino de que el pueblo será el que controle al gobierno. En EE UU hay problemas relacionados con la educación, con la seguridad, con el empobrecimiento, con las drogas, pero, en una nación unida que comparte lo mismo el dolor que los sueños, esas situaciones serán abordadas porque se ha terminado que EE UU envíe misiones a defender fronteras extranjeras mientras no defiende las propias o que se gasten trillones en el extranjero cuando deberían emplearse en el interior de la nación. Cualquier decisión sobre impuestos, trabajo o inmigración atenderá sólo al deseo de que lo primero sea América de acuerdo con dos reglas definidas como «hecho por americanos» y «contratando a americanos». América no desea imponer su sistema sobre ninguna nación, pero sí brillará como un ejemplo que muchos desearán seguir. Se acabó el adoptar la queja como una actitud vital porque las tareas nacionales –especialmente la de devolver a América la prosperidad y la seguridad– son desafíos que deben ser abordados entre todos. Para alcanzar esa meta, América podrá contar con la protección de su policía, de sus fuerzas armadas y de Dios. Seguramente, para un electorado acostumbrado a que le prometan beneficio tras beneficio sin reparar en el gasto, el déficit y el endeudamiento, las palabras de Trump pueden sonar ásperas e incluso intolerables. No digamos ya lo que pensarán aquellos que han convertido la actividad política en una forma de vida o los que, desde hace décadas, escupen sobre la unidad nacional a costa, eso sí, del presupuesto. Con todo, sustituyan ustedes América por España en ese discurso, llévense la mano al corazón y díganme si no existen no pocos españoles a los que les gustaría escuchar ese discurso a su presidente.