El discurso del Rey

Es lo que tiene la monarquía inglesa. Cada vez que un dignatario extranjero visita su país, se ve inmerso en una trascendencia histórica que obliga a que su consorte se calce el sombrero y los guantes, y que él sonría a una anciana que ha superado todos los récords de permanencia en el trono. Así son las normas protocolarias y no aquel protocolo zarzuelero que impidió a don Juan Carlos asistir al Congreso de los Diputados.

Ayer vimos –y lo veremos en los próximos días durante la visita oficial de los Reyes de España a Gran Bretaña– como Isabel II sacó a la calle sus mejores carrozas y caballos, sus elementos favoritos de bienvenida, para recibir a don Felipe y doña Letizia. Vimos una cena de gala a la que asistió toda la Familia Real inglesa, algo poco habitual. Y vimos también cómo lo que podría ser un discurso de trámite de Felipe VI en el Parlamento inglés se revestía de trascendencia histórica.

Han cambiado mucho las cosas desde aquella visita de don Juan Carlos hace más de treinta años. Ni la España de hoy es aquella que empezaba a asomarse a la democracia, ni Gran Bretaña lidera ya ninguna Comunidad Económica Europea sino que sus ciudadanos acaban de votar dejar la Unión. Aquel terrorismo de ETA que azotaba entonces nuestro país se ha travestido ahora de yihadismo en Gran Bretaña con héroes también españoles –Ignacio Echevarría– como recordó el Rey en su discurso. Pero hubo más: «Estoy seguro de que esa determinación para superar diferencias se redoblará en el caso de Gibraltar, y confío plenamente en que el diálogo necesario y el esfuerzo de nuestros Gobiernos conseguirán avanzar en la búsqueda de fórmulas satisfactorias para todos». Y refiriéndose al Brexit pidió que garantice la «necesaria confianza y certidumbre (a) los centenares de miles de británicos y españoles residentes en nuestros respectivos países».

La eventual referencia a Gibraltar había suscitado amenazas de los tories. «No sería de extrañar –señaló el diputado conservador Andrew Rossindell– que algunos se levantaran y abandonaran la sala durante el discurso». Nada sucedió. Y quizá por eso el Rey se vino arriba y citó «la proclamación de Felipe II como Rey de Inglaterra tras su matrimonio con María Tudor»; a la Reina Victoria, a Leonor de Castilla y a Catalina de Aragón. Y aplaudieron. Y alguien gritó: «Viva el Rey».