El enfermo de Europa

La Razón
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Turquía es clave. No sólo por su posición –comparte frontera con Grecia, Bulgaria, Georgia, Armenia, Irán, Irak y Siria– o porque con un millón de soldados es numéricamente la segunda fuerza militar de la OTAN, sólo detrás de EE UU. Siendo un país musulmán y víctima repetida del terrorismo, debe jugar un papel determinante en la lucha contra los decapitadores del ISIS y sus compinches.

Todo muy bien, pero ya me dirán ustedes qué pinta dentro de la UE una nación de 80 millones de habitantes, dominada por los islámicos. Alteraría todos los equilibrios, empezando por los del Parlamento Europeo.

Antes de ser presidente, Erdogan pasó cuatro meses en la cárcel por incitación al odio religioso. Era por aquel entonces alcalde de Estambul y no tuvo otra ocurrencia que leer una poesía islámica en un mitin en la que decía: «Las mezquitas son nuestros cuarteles, los alminares nuestras bayonetas, las cúpulas nuestros cascos y los creyentes nuestros soldados». ¿Ha cambiado? ¿Se ha moderado? ¿Se ha hecho menos integrista y más tolerante? No y prueba de ello es el referéndum que hizo aprobar este fin de semana y que le permitirá, con el permiso de Alá, mantenerse legalmente en el poder al menos hasta 2034. No hay día, desde hace muchos meses, en el que el actual presidente turco no cierre un periódico, clausure una televisión, castigue con la cárcel a un tuitero o reprima de forma bestial a los kurdos. El drama, a la vista de lo ocurrido en las últimas horas, no es sólo la velocidad a la que se deteriora la frágil democracia turca, sino que el proceso parece irreversible.Depuradas hasta el fondo las Fuerzas Armadas, que desde la llegada al poder de Kemal Ataturk en 1920 actuaban como valladar frente a la fiebre islámica y garantía de laicismo, no hay barreras ante Erdogan y su cada día más fanatizado Partido de la Justicia. Con gente así, no se construye la Europa de los derechos, la solidaridad y las libertades. A pesar de la eclosión de la xenofobia, populismo y sectarismo que sufre el Viejo Continente, no podemos pasar por alto que somos parte de ese pequeño y privilegiado porcentaje de la Humanidad que habita en países donde impera la paz, se respetan los derechos humanos y se cumplen las leyes. Nuestra sociedad no deja morir de hambre a los menesterosos, no tolera la brutalización de las mujeres, no acepta que se explote a los niños y separa Iglesia de Estado. Ahí, en ese contexto, no hay lugar para ese «enfermo» que es Turquía.