El Frankenstein naranja

Ciudadanos está en una encrucijada y puede acabar como la extinta UPyD de Rosa Díez. El resultado en Andalucía es un caramelo envenenado: ha quedado a 2,5 puntos del Partido Popular y en algunas ciudades importantes, como Sevilla, le ha superado, pero al no lograr ser la segunda fuerza política, se ha autoobligado a ser la comparsa de los populares.

Lo malo de este tipo de papeles secundarios es que suelen estar más para compartir las cargas que los cargos y, de momento, la presidencia de la Junta va ser de los populares, mientras la incorporación de la ultraderecha a la mesa del Parlamento andaluz es una responsabilidad compartida entre PP y Cs.

A Albert Rivera se le empiezan a acabar las oportunidades para despegar definitivamente. Dada la volatilidad de la política española en los últimos tiempos, pasar de moda es relativamente fácil, porque el electorado enseguida se cansa de lo nuevo que nace con el estigma de envejecer rápidamente.

De ahí que los naranjas sean conscientes que este año que empieza es el definitivo para ellos: o despuntan, o se agotan. Su estrategia estaba basada en captar ex votantes socialistas, desanimados por las relaciones entre Pedro Sánchez y los independentistas, y esperar a que la radicalización en la que se ha sumergido el PP cale entre los electores.

Algunos dirigentes cualificados de Cs han empezado a emitir el mensaje de que su forma de entender la transversalidad es pactando con el PSOE en los sitios más alejados de las posiciones territoriales que mantiene Moncloa, como Aragón, y hacerlo con el PP en los demás sitios donde haya algo que negociar.

La irrupción de Vox en las urnas es interpretado por esos mismos dirigentes como una oportunidad de «sorpasso» al PP, ya que entienden que se nutre de ex votantes populares.

Toda esta quimera es una estrategia que se suministran los naranjas, como si fuese un placebo para no querer ver que el problema que realmente tienen es de indefinición.

Una formación política que se comporta como el monstruo de Frankenstein, en el que unas extremidades van buscando el apoyo del centroizquierda, mientras las otras lo hacen en la derecha y todas ellas se abrazan con Vox, configuran un relato imposible de cara al electorado.

Votar a Cs es como dar un cheque en blanco a Rivera para que decida dónde se lo gasta. Uno no sabe si terminará cenando con la extrema derecha, con el PSOE o con Podemos, dependerá de si le viene bien hacerlo.

Cs siempre ha defendido un modelo de país en el que los gobiernos no se articulen solo en torno a los dos grandes partidos. La razón que esgrimían es que cuando PP y PSOE no han tenido mayorías absolutas, se han apoyado, tanto el uno como los otros, en los nacionalismos.

El problema práctico es que el intento de romper con el eje derecha-izquierda en el ámbito nacional ha fracasado. Durante la crisis se configuró otra perspectiva: lo nuevo frente a lo viejo. Eso impulsó a Podemos y a Cs, algunos creyeron que el partido sería entre cuatro por mucho tiempo.

Sin embargo, entre su apoyo al PP después de la sentencia Gürtel y el abrazo del oso que le ha dado Vox, Cs no se va a poder despegar de su aferrado anclaje al eje derecho.

Rivera no ha conseguido nada relevante aún y ya está festejando lo que va a pasar en las próximas elecciones. Debería recordar la archiconocida fábula de Samaniego: «No anheles impaciente el bien futuro, mira que ni el presente está seguro».