El golpe de estado

La Razón
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Lo bueno del golpe de estado de Puigdemont es que lo ha anunciado. Sabemos la fecha, sabemos que estará precedido por un referéndum ilegal y conocemos la ridícula «ley suprema» que pretende fundamentarlo. El adjetivo de «suprema» es realmente maravilloso. Conduce directamente a los delirios totalitarios que glosaba Ismail Kadaré cuando caricaturizaba el régimen dictatorial de Albania. Allí, también, era todo «Supremo». A los aspirantes a la omnipotencia les gusta la adjetivación generosa. Hace poco una niña venezolana se refería a Maduro como «mi líder eterno». La sacaban en la tele, claro.

Todo lo que intente la Generalitat secesionista será ilegalizado por el Tribunal Constitucional. Ayer mismo sentenció el TC la inconstitucionalidad de los fondos presupuestarios reservados para organizar el referéndum golpista. Ignoro si al final se pondrán urnas o no (capaz es el líder supremo de haberlas hecho fabricar en un chozo del Pirineo) pero no van a servir para nada. A estas alturas, lo de la Generalitat empieza a entrar en esa categoría de lo esperpénticamente hispano, en la que figuran también la proclamación de la independencia de Cartagena, las chekas o el episodio que recrea mi amigo Juan Manuel de Prada en el que el escritor Pedro Luis Gálvez se paseó por los cafés mendigando con el pequeño cuerpo de su fallecido hijo en una caja de cartón. Casos todos, excesivos y violentos, muy nuestros, de gente que se despierta un día y decide hacer de su capa un sayo.

Lo triste es que dentro de Cataluña no se percibe del todo este ridículo que estamos haciendo. En la tarde del lunes, cuando ya el líder supremo había anunciado sus planes en un teatro de Barcelona, la dueña de un bar en el barrio de Sant Gervasi comentaba en la barra: «¡Pues habrá que ir a votar que no!» Un cliente –casualmente amigo mío– le contestó que no había que ir a ninguna parte, que el referéndum anunciado es tan válido como una lotería montada en casa por Navidad. «Ya, contestó ella, pero están explicando cómo lo van a hacer...» Espero que a su vez alguien en Madrid se dé cuenta de la confusión que reina en las cabezas de mucha gente sencilla que, a estas alturas, confunde la realidad con los planes fantasiosos de Puigdemont y la CUP. Esas personas, además, están siendo directamente amedrentadas por los golpistas. A lo largo de los últimos meses hemos escuchado amenazas contra los funcionarios que no se plieguen al secesionismo, el anuncio del final de las subvenciones a los medios de comunicación locales que no obedezcan consignas políticas y la existencia de listas de jueces leales a la Constitución. En Cataluña están aterrorizando a las personas. Están pagando a una nueva administración paralela que integra un aparato de represión cultural y social (pseudoembajadores, periodistas paniaguados, escritores fieles a la causa, agitadores callejeros y cripto funcionarios del régimen) que presiona a los demás. Nadie tiene obligación de ser valiente, pero todos los españoles tienen derecho a saberse protegidos y amparados.