El gran filtro

La Razón
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No sabemos por qué algunas personas, teniéndolo todo, todo lo queman. Es trabajo de filósofos y biólogos, neurólogos, psicólogos, genetistas, sociólogos y psiquiatras el valorar la influencia del ADN, los padres, la sociedad, la escuela, los videojuegos, la religión, el sexo, los alcaloides, los tabúes, las alucinaciones, la neurastenia y el diablo a la hora de reforzar ese perfil suicida que empuja a matarse sin otro motivo aparente que el chachachá autodestructivo. La vida es un aeródromo del que a menudo despegan para estrellarse tras la carlinga de un Mitsubishi Zero individuos agraciados por unas circunstancias que no supieron proteger. La humana capacidad para autolesionarse y, de paso, herir a quienes amas, palpita atroz en las calderas del cerebro. Más raro es el caso de las colectividades prósperas que, en un alarde de histeria leming, saltan con pértiga desde el acantilado. Sucedió, hace unas semanas, en el Reino Unido, en un abracadabrante referéndum que propició el triunfo de la ofuscación y el miedo frente al europeísmo y otras imprescindibles vacunas desarrolladas contra la perversidad nacionalista tras las guerras mundiales. El naufragio puede repetirse, en forma de profecía autocumplida, si el chulazo Trump alcanza la presidencia de los EE UU. Un analfabeto, algo así como una «starlet» de Gran Hermano, regiría los designios de un país que, en palabras de «The Economist», conoce unos niveles de prosperidad inauditos. El paro se mantiene en el 5%. La economía crece a ritmo plusmarquista. Los salarios de las clases populares experimentan una tímida pero evidente mejoría tras años chungos. El racismo, tan cacareado por los que en su puta vida recorrieron América, se encuentra en mínimos. «En 1995», reza el artículo, «sólo la mitad de los encuestados aprobaban los matrimonios interraciales. Actualmente la figura alcanza el 90%». Un hombre negro fue elegido presidente en 2008 y 2012. Su esposa, la bella y brillante Michelle, es descendiente de esclavos. El crimen, desde las agresiones sexuales al asesinato, inició una imparable caída hace dos décadas. Las viejas ciudades, antaño agujereadas por la miseria, lucen radiantes como una novia. Entonces, ¿alcanzamos el nirvana, el paraíso, la sociedad apolínea, el fin de la historia? Qué va. Son millones los obreros desplazados mientras caen las grandes factorías; abundan los cinturones de miseria, de Baltimore a Detroit, donde niños sin padres crecen al albur del odio y el único empleador real acampa en las esquinas donde florece el narco; las desigualdades, rampantes, amenazan la fábrica misma del pacto social; no hay semana en la que un ciudadano cero (Sabina) no haga «una ensalada de sangre, aliñada con cristales rotos». Pero ni siquiera la inevitable suma de conflictos invalida el floreciente panorama nacional. Aunque deteste el histerismo me pregunto si la posibilidad de que un chiflado disponga de miles de bombas nucleares no extrapolaría a EE UU la tesis del Gran Filtro, ya saben, aquella alambrada para la vida y/o las civilizaciones con la que Robin Hanson explicaba la Paradoja de Fermi y la ausencia de noticias extraterrestres. A la explosión de supernovas, supervolcanes, etc., ¿añadimos la frivolidad colectiva?