El honor y la codicia

Con firmeza, serenidad y sin temblores de mano. Mariano Rajoy defiende las siglas del PP y asegura una depuración de responsabilidades. Sigue así la pauta marcada por Soraya Sáenz de Santamaría: investigación hasta el final, con todas sus consecuencias. La vicepresidenta, mujer que ejerce el rigor y la transparencia desde su entrada en política, separó con elegancia el territorio entre Gobierno y partido. Y el presidente, en el cónclave de Almería, ante la ebullición del «caso Bárcenas», promete cortar de raíz cualquier sospecha de prácticas ilegales. Lo demandan sus militantes y todos los ciudadanos que, en medio de sacrificios económicos, exigen una democracia decente.

La corrupción es ya una sombra demasiado fuerte en este país. Nombres como Filesa, Naseiro o ITV han aflorado como huracanes en los gobiernos de Felipe, Aznar y Pujol. Y con una implacable guadaña han de ser extirpados. Cierto es que no todos los políticos son iguales, pero el espinoso asunto de la financiación ilegal de los partidos políticos, siempre esquivado en el Parlamento, exige un nuevo rumbo. También es hora de abordar una legislación de «lobbys», cuya tibia ponencia duerme en el Congreso, que permita donaciones limpias y a la luz, como sucede en Estados Unidos. Ello impide el oscurantismo y enriquecimiento ilícito al calor del cargo público.

Mariano Rajoy, un hombre que difícilmente pierde los nervios, salvaguarda la gestión del partido en el que lleva toda una vida. Ahí está la vicepresidenta, Sáenz de Santamaría, al timón de una Ley de Transparencia, necesaria más que nunca. Corresponde ahora a la dirección de Génova trece, bajo la batuta de María Dolores de Cospedal, averiguar posibles irregularidades sin un solo titubeo. Están en juego el buen nombre de muchos dirigentes honrados frente a presuntos mangantes. Entre el honor de un partido y la codicia de unos pocos.