Política

El pacto del Albaicín

Hacer de la necesidad, virtud. Forzados por las circunstancias, tras un camino lleno de fricciones, y tras constatar que mejor acompañados, Alfredo Pérez Rubalcaba y Pere Navarro han calmado a sus respectivas huestes para suscribir el nuevo modelo territorial. Una reforma del Estado Autonómico en clave federal, avalada por los barones con múltiples equilibrios. Para el PSOE, era una apuesta arriesgada. Para el PSC, un punto de partida. Aunque ambas formaciones, un matrimonio político históricamente plagado de altibajos, estaban condenadas a entenderse. Las relaciones con el PP y el sesgo soberanista de Artur Mas exigían una solución y un imperioso entendimiento.

La llamada «ordinalidad», que el PSOE acepta, no es más que lo acotado por el Tribunal Constitucional en su sentencia sobre el Estatut. Es decir, establecer las condiciones entre las comunidades que contribuyen y las que se benefician. Un encaje de bolillos que manejan los líderes regionales en función de sus intereses, y que siempre ha sido demandado por Cataluña. Rubalcaba y Navarro, que han tenido incesantes conversaciones estos últimos días, insisten en que la reforma es imprescindible para que España y Cataluña sigan juntas. Está por ver cómo se desarrollan los acontecimientos en esta compleja y delicada pareja.

Bajo el hermoso escenario de La Alhambra, algunos barones definían el acuerdo como «el Pacto del Albaicín», en alusión al emblemático barrio de la Granada íbera, romana y musulmana. Cruce de sensibilidades y culturas, que para muchos socialistas ofrece un camino incierto. Pero la tremenda oleada de corrupción que les salpica en Andalucía, la inesperada salida de Griñán y la batalla de las primarias, hacían necesario un golpe de efecto. Máxime, ante las malas perspectivas electorales del PSOE y el PSC. El tiempo dirá si Rubalcaba y Navarro afrontan, como el rey Boabdil en Granada, una rendición en toda regla.