El poder verdadero

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En la sociedad abundan las situaciones en las que los hombres cuestionan el respeto hacia otras personas o instituciones y deciden mostrarlo, inhibirse o acreditar contrariedad. El respeto se gana con grandes esfuerzos, con años de actitudes y actuaciones merecedoras de tal cualidad, pero puede perderse en la décima parte de tiempo y de conductas erróneas. Los ciudadanos aprecian bien quién se dignifica de tal condición y cuáles resultan impropios de gozar de su distinción. Las cualidades morales, precisamente por serlo, no son accesibles mediante el dinero o cualquier otra forma de comercio. No se pueden comprar. Y, de hecho, nadie las puede vender.

Siempre existe quien se significa por su generosidad, por su solidaridad con los males ajenos, con su actitud predispuesta a ayudar, lejos de los pedestales de oro de los ricos, poderosos, egoístas y distantes. Esas gentes de bien respetan los esfuerzos en beneficio de la colectividad y distinguen a quien los merece con «miramiento, consideración y deferencia», según la RAE. No es la fama ni el oropel lo que causa el respeto y la admiración sino la defensa de la autenticidad, de los valores del humanismo cristiano, base de la sociedad actual.

No malgastaremos tiempo si dedicamos unos minutos a pensar cómo merecemos el respeto y cómo perdemos el crédito ante los demás. Nunca se gana o se extingue de una vez, pero basta una sola ocasión para saber que se ha perdido, quizá para siempre, si no se cuenta con humildad. Otros perciben en segundos la sensación contraria. Ellos, los humildes, representan el verdadero poder de la sociedad.