El profesional

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Payet, el mejor jugador de la Eurocopa según el controvertido algoritmo de la UEFA, entró duro a Cristiano Ronaldo y le golpeó en la pierna de apoyo. La épica de la fatalidad: choque frontal de rodilla derecha gala contra el lateral de la rodilla izquierda portuguesa. Eliminado. Con el título en juego y el amargo recuerdo de la final de 2004, «CR» intentó seguir hasta comprobar que peor que el dolor intenso era la lesión, el esguince que Dimitri le había provocado. Su ilusión duró 25 minutos. Lloró de impotencia y de rabia. No hay tantos futbolistas tan competitivos como él.

Avanzó el partido, Portugal perdió el respeto a Francia, que mostró entonces que la fuerza descomunal del gigante Sissoko, las paradas de Lloris y los detalles de calidad de Payet y de Griezmann eran insuficientes contra la fe de Cristiano, que rescató el mantra de Obama, «yes we can», para convencer en el descanso a los compañeros de su capacidad para ganar: «Nós podemos».

Y pudieron, en la prórroga, según iban derribando los pilares de Francia hasta la victoria final. Indescriptible la alegría de Cristiano, llorando entonces de gozo, como todo un país, el suyo. Eusebio, Futre y Figo rozaron la gloria, pero no la alcanzaron. La hazaña es de Portugal. Ronaldo, el profesional por antonomasia, fue el protagonista en el vestuario, en el banquillo, y en el terreno de juego sólo cuando se lesionó. Todo lo cual es tan impepinable e indiscutible como que a Messi se le escapó la Copa América en el punto de penalti. Cara y cruz. La balanza de los méritos se inclina hacia el madridista, que, por su fama, su club y su selección, toma la delantera en la carrera hacia el Balón de Oro. La vida le sonríe sin necesidad de un «hashtag», que en su caso sería por no defraudar.