El respeto institucional

Con motivo de la apertura solemne de la nueva legislatura hemos asistido, por parte de los denominados antisistema, pero más implicados y más rápidamente adaptados que nadie a la «casta», que según ellos identifica al mismo, a nuevas e inadmisibles demostraciones de desacato a la ley y al respeto institucional, que deben ser erradicadas antes de que impidan a éstas cumplir sus funciones, desprestigiarlas y acabar con ellas.

Ante la presencia de los Reyes, la Princesa de Asturias y la Infanta, hemos visto cómo dos miembros de las Cortes de Podemos han sostenido durante su discurso una bandera republicana y portado camisetas con mensajes de no reconocimiento al Jefe del Estado recogido en nuestra Constitución, sin que hayan sido llamados al orden ni expulsados del hemiciclo de persistir en su actitud.

La dirigente del mismo Carolina Bescansa ha tenido la desfachatez propia de una pija progre de «amenazar» a la Reina con insultos a sus hijas si acudía con ellas a esta ceremonia, colocando a su bebé allí destetado –en una instrumentalización política del mismo– a la altura de las obligaciones constitucionales e institucionales de la Princesa de Asturias y la Infanta.

El señor Iglesias ha señalado la inoportunidad de alguna de estas actitudes ese día, para de inmediato justificarlas y apoyarlas, porque ellos no aceptan a un Rey que la mayoría no votaron, básicamente porque no tenían la edad para hacerlo. Argumento curioso que seguramente no compartiría si lo aplicáramos en iguales términos a las decisiones de los alcaldes «podemitas», a los que la mayoría de sus vecinos no votaron.

De la misma manera, para justificar el injustificable, mal educado e inadmisible desplante al Rey, ha añadido que ser patriota no es cumplir con el saludo institucional y protocolario al mismo, sino manifestarse en apoyo de la anciana de Reus que falleció en un incendio en su vivienda, pues para ganar las elecciones «no basta hacer oposición en el Congreso, se necesita hacer oposición social en la calle», lo que exige «un pueblo organizado», pues «el origen de la democracia es la revolución».

La incultura y la mala educación no pueden ser los argumentos simples que hagan que se consientan estas actitudes que, si no se cortan radicalmente desde el principio, irán cada día a más, poniendo en cuestión la Ley, las instituciones y la convivencia, con el riesgo grave que conlleva.

La democracia nace en Atenas de la mano de Clistenes para gobernar las ciudades por los propios ciudadanos sin revolución alguna. La democracia moderna nace de la abolición de la esclavitud y del respeto de los derechos humanos en Estados Unidos. De la revolución lo que nace siempre es la tiranía y el terror del Estado, como ocurrió con la Revolución Francesa y con las revoluciones comunistas de la Unión Soviética y sus países satélites o dependientes.

No podemos seguir dejando pasar una tras otra estas acciones y manifestaciones contrarias a la Ley, a la Constitución, a las reglas de juego, a las normas parlamentarias, al respeto a las instituciones y a la buena educación, que forman parte del buen funcionamiento del sistema.

La llamada al orden que al parecer ha hecho en privado la presidenta de las Cortes al señor Rufián no está de más, pero lo determinante es que al que no cumpla con todo lo anterior se le sancione hasta con la expulsión, sin que pueda volver a entrar hasta que respete las reglas. Y si es necesario reforzar las leyes, que se haga. Al fin y al cabo, poco les debe importar cuando ya han amenazado con que volverán a la calle.