El rigor de una reina

Doña Letizia Ortiz decidió destacar el rigor como «condición esencial de la práctica del periodismo». Lo hizo en San Millán de la Cogolla, en el Monasterio de Yuso, cuna del español, del idioma, del lenguaje, de la palabra. Cuando la escuché, sentí que un cuchillo bien afilado volaba hacia el corazón de algunos responsables de lo que hemos dado en llamar, de manera falsaria, el periodismo español del siglo XXI.

No pude evitar acordarme de esos programas, deportivos o no, que generan acritud, crispación y violencia, sin importarles que sus informaciones sean ciertas o no, sino el adoctrinamiento interesado en beneficio de aquel o aquello por lo que alguien decide hipotecar su honestidad.

En mis modestas clases de Periodismo Deportivo en la Universidad Europea de Madrid, enseño a los alumnos que «el periodismo es la ciencia de buscar la verdad y el arte de saber contarla, desde un procedimiento ético». Es una gran responsabilidad inculcarles la verdad y el rigor porque observan cada día el triunfo de mediocres e ignorantes, salvo honrosas excepciones. Y, sin embargo, confío en ellos para que cambien el mundo, que renueven el modo de hacer periodismo, que provoquen el renacimiento de nuestra sociedad.

Comparto el pensamiento de la inminente Reina. A la sociedad le falta rigor. Si no fuera porque ahora tendrá mucho más trabajo, la invitaría para que explicase la idea del rigor a nuestros alumnos. Sería un honor y un privilegio. Desde hoy, cambiaré el final de la definición y diré: «Desde el rigor y la ética». Quizá venga.