El suje

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El talento propagandístico y comercial del independentismo catalán no tiene límites. Un nuevo producto ha salido a la palestra. Se trata de un sujetador que anuncian una bellísima rubia y una morena menos sugerente. Seguramente, la tía soltera de la rubia. Me aventuro a intentar su descripción. El sujetador es generoso en su cazuelamen. El pecho derecho lo cubre y sujeta el símbolo cuatribarrado, y el izquierdo la estrella blanca de cinco puntas sobre fondo azul. Perfecto modelo para asistir a manifestaciones y toda suerte de festejos populares. Muy antiguo de diseño. Salvando las distancias, me recuerda el suje separatista a los que se vendían en tiempos de Brezhnev en los Almacenes Gum de la Plaza Roja de Moscú. Cubrían y sujetaban desde la clavícula hasta bien entrada la estepa ventral. Para mí, que la diseñadora de este suje tan emotivo ha sido la monja coñazo o la religiosa Forcades. Su generosidad textil se hubiera autorizado, incluso, en la década de los cincuenta del pasado siglo. Recuerdo al municipal Rotaeche imponiendo multas de diez pesetas a las mujeres que lucían en Ondarreta biquinis de imposible seducción. Se solucionó el problema cuando, ya en los años sesenta, las nietas de Franco se bañaban con unos biquinis mucho más atrevidos que se vendían en Biarritz o San Juan de Luz. Y a Rotaeche lo quitaron de la vigilancia moral de la playa para ser destinado a regular el tráfico en Ategorrieta.

Los sujes independentistas sirven para su cometido original y simultáneamente para bañarse en la playa. Son feos. La mezcla del rojo, el amarillo, el azul y el blanco es más dolorosa a la vista que una mordedura de tábano. Pero si ellas, las portadoras de la nada lograda antigüedad se atrevieran a acudir a los actos organizados por «Juntos para el Sí» con tan extravagante prenda como única cubrición, al menos las sardanas posteriores serían más interesantes de ver y de bailar. Me figuro a Pilar Rahola bailando con el suje y me apiado de mí con honda misericordia. Y a Karmele Merchante. Y a la monja coñazo con el suje independentista luciendo bajo su hábito blanco de altas transparencias. No me atrevo a sugerirle su adquisición a Marta Ferrusola, porque una mujer con tantos hijos está obligada a cuidar con mimo el pudor familiar.

Por otra parte, y ahí puede justificarse el gran tamaño de sus cazuelas, el suje sirve también para los hombres. Joan Tardá y Junqueras tienen tetas. También las tenía el actor Victor Mature, cuyas mamurrias nada le gustaban a Groucho Marx: «No puedes esperar que el público se interese por una película (Sansón y Dalila), en la que las tetas del protagonista (Victor Mature) son más grandes que las de la primera actriz (Hedy Lamarr)».

En el cartel publicitario se aprecia a la rubia y a su tía con el suje. Se da por hecho que se venden acompañados de braguitas a juego. Un suje sin braguitas complementarias puede considerarse, comercialmente, una estafa.

No sirve un tanga. En un tanga no cabe nada, y de ahí que me atreva a intuir que las braguitas son, más o menos, del tamaño de las que se ajusta Ángela Merkel cuando acude a Bruselas a regañar a algún griego. En esas sí hay espacio sobrante para coronar los muslos con la grímpola «estrellada» que tanto gusta por aquellos amados predios. Y mi propuesta no puede ser otra que la siguiente: Todos, ellas y ellos, con el suje y las bragazas formando la interminable cadena humana de la independencia. Mas estaría autorizado a llevar el suje con un tanga a juego, porque se está quedando en los huesos con los últimos disgustos.

Al menos, el hallazgo propagandístico del suje estrellado es más convincente que otros artilugios para llamar la atención. Prueba de ello es el presente texto, que me ha sido influido por el interés social que el suje representa. Decía con su innata sabiduría el profesor Semionov, que la única utilidad de un suje era la de proceder a desabrocharlo. Estos no. Estos son para llevarlos permanentemente hasta el día que se consiga la independencia. Quitárselos para dormir se puede interpretar como una traición a la causa. Se precisará por lo tanto, y regalo la idea, la creación de mascarillas con la «estrellada». Porque un Tardá que no se cambia de suje y de calzonerío puede producir muchos recelos pituitarios de cercanía. Y la Rahola, y la Merchante, y el resto de la sardana de la independencia.