En Torrejón

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El presidente Obama visitó al Rey y mantuvo una larga conversación con Felipe VI, en la que no faltó el recuerdo a Don Juan Carlos. «Igual que vuestro padre, sois el símbolo viviente de la fortaleza de la nación española». El encuentro se produjo en el Palacio Real. Posteriormente, Rajoy recibió al presidente de los Estados Unidos en La Moncloa, y después de estrecharse las manos, el mandatario norteamericano felicitó al español en funciones por el progreso económico de España. Se trató de una reunión de Estado, en la que Obama expresó su deseo de que España permanezca unida y fuerte. Al abandonar el palacio de La Moncloa, le recordaron a Obama que se había comprometido a recibir a Sánchez, Rivera e Iglesias. –De acuerdo, los despacho en diez minutos a los tres. Que vayan a Torrejón–.

Y a Torrejón se desplazaron. Obama sabe de la importancia que en España tuvo el PSOE. A un dirigente del PSOE respetado y respetable no se le dedican tres minutos y cuarenta segundos para charlar de baloncesto. Tal fue el tiempo que Obama perdió con Sánchez, conocedor de los pocos telediarios que le restan antes de ser obligado a presentar su dimisión. Despedido Sánchez, eso sí, con una amable sonrisa, que lo cortés tampoco quita lo valiente en los Estados Unidos, saludó y habló con Rivera dos minutos diecisiete segundos. Los servicios de información de Ciudadanos resumieron el ambiente de la gran cita. «Muy cordial». No dio tiempo para más. Y el tercer saludador efímero fue Iglesias, el gran cursi y pedante, que regaló a Obama un libro que cuenta a su manera las actividades de la «Brigada Lincoln» durante la Guerra Civil. Obama se lo agradeció con simpatía, y cuando el «Air Force One» despegó de Torrejón, a la altura de Guadalajara, le comentó a uno de sus ayudantes. «Me he dejado el coñazo de libro que me ha regalado el de los pelos raros en el aeropuerto. La verdad, es que no pensaba leerlo». Iglesias dice que hablaron de política. Me figuro que de politiquita, porque dos minutos dan de sí bastante poco. Lo cierto es que Obama, con su agenda aún más condensada por los acontecimientos raciales que han trastornado en los últimos días la convivencia en los Estados Unidos, decidió no perder el tiempo e ir al grano. El Rey, el presidente en funciones y ganador por amplia ventaja en las últimas elecciones, y a volar. El libro de Iglesias, abandonado en Torrejón, pero no así el jamón de pata negra que Rajoy le regaló, que viajó perfectamente empaquetado con rumbo a Washington.

Iglesias regala libros que no ha leído. La «Brigada Lincoln» no fue nada del otro mundo, y como el resto de las Brigadas Internacionales terminó saliendo por patas, a toda pastilla, cuando se apercibió de que la guerra estaba perdida y que el bando republicano, marxista, estalinista, trostkysta y anarquista se había convertido en una maraña de odios interiores que no preconizaban nada bueno. En resumen. Un Ejército puede resistir si existe la disciplina y se mantiene el espíritu y los ideales por los que se combate. Pero a un Ejército serio no se le puede hacer frente con una casa de putas, que así terminó el republicano. Y dado que Obama ha leído más de los brigadistas de la «Lincoln» que el personajillo insignificante que le regaló el libro, se lo dejó en Torrejón y santas pascuas, o mejor escrito, feliz día del Pavo. Para colmo, y con anterioridad a subir por la escala del «Air Force One», Obama pronunció sus últimas palabras dedicadas a España, que por fortuna no oyó el pobre Iglesias, al que le habría sobrevenido un sarpullido de haberlo hecho. «Que Dios bendiga siempre a España».

Creo que en la historia de las audiencias de los presidentes de los Estados Unidos, las tres de Obama a los tres desplazados por los votos de los españoles, han sido las más relampagueantes. No es sencillo despachar a tres políticos en diez minutos. El mensaje subliminal no es otro que éste: «Perdonen que no les dedique mucho tiempo, pero sucede que no estoy en condiciones de perder el mío en tonterías». La política es muy dura y rigurosa en algunos casos.

Pidió a Dios por España, resumió el papel y la fuerza de unión que interpreta la figura del Rey, reclamó la unidad en clara alusión a los separatistas catalanes, elogió la economía de Rajoy y se llevó el jamón. Una visita inolvidable y una jornada redonda. Y se dejó el libro, que se me olvidaba recordarlo. No «El Quijote» que le regaló el Rey. El tostón que le ofreció el cisne alicaído, el gran cursi y pedante que regala lo que no ha leído.