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Encrucijada

La batalla del 6º distrito electoral de Georgia, el 20 de junio, auscultará el pulso de las legislativas el 2018. Jon Ossof, demócrata, treinta primaveras, compite con la republicana Karen Handel. El ganador irá al Congreso, y el partido del burro aspira a reventar la caja fuerte en tierra hostil. De la importancia del litigio da cuenta la millonada que han gastado en publicidad los candidatos. Si triunfa Ossof los medios anunciarán el primer coletazo de la marea antiTrump. Pero la base demócrata, alineada con Bernie Sanders, recela. Los activistas sospechan que las recetas del joven son más de lo mismo. Denuncian tongo. Un multifrutas de placebos que no va más allá de la nomenclatura oficialista y el raído discurso de una Hillary blanqueada. En realidad, por mucho que Ossof diera la campanada, que ya veremos, está en juego la táctica global del próximo año: mantenerse en el damero tradicional, a fin de vampirizar los caladeros centristas, o pasarse al griterío propugnado por los hombres de Bernie. Los demócratas han declarado más guerras que los republicanos. Truman lanzó la bomba y Lyndon B. Johnson tocó la corneta en el Golfo de Tonkin. Sus élites están más cerca de Wall Street y Silicon Valley que de los deprimidos cinturones industriales, pero tal y como explican Alexander Burns y Jonathan Martins en el «New York Times», la competencia entre idealistas y cínicos, o entre chiflados y realistas, anuncia tormentas. Hablan los reporteros de «la tensión creciente entre los militantes y los candidatos demócratas que», todo lo más, «aspiran que el votante les permita gobernar». Se trata de un problema existencial. Agravado por la evidencia de que sólo la rama hardcore, que aspira a reformular el partido, dispone de un as carismático (Sanders), mientras que el sector posibilista anda huérfano de feromonas. Para entendernos, necesita, y no encuentra, al nuevo Obama. Alguien capaz de electrificar a millones al tiempo que reconoce la importancia de aparcar la prosa mitinera en cuanto abandona la tribuna. Cree Sanders, y aún peor, lo creen sus partidarios, que será posible alcanzar la Casa Blanca envueltos en un discurso más apropiado para optar a la alcaldía de Copenhague, con mayorías de izquierdas desde principios del siglo XX, que para convencer al votante de Ohio o Michigan de la conveniencia de abandonar el santo y seña de la política estadounidense a favor del caramelo socialdemócrata. Su romanticismo revela una bisoñez muy propia de estos tiempos. Cansados de políticos profesionales, la rebelión de las bases alienta una improbable transformación que, todo lo demás, dejará vía libre al inefable Trump durante casi una década. Más que suficiente para derogar todas y cada una de las políticas abanderadas por Obama. De nada vale razonarles respecto a la conveniencia de ejercitar la cautela. Donde unos ven afanes regeneracionistas, otros diagnostican un brillante suicido. De triunfar las tesis electorales de Sanders los demócratas viajarán sin solución de continuidad de la euforia al muladar. Como el piloto que saluda al público segundos antes de comerse las barreras.

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