Toros

Es de Ronda y...

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Don Cayetano Rivera Ordóñez: Su abuelo, el más grande torero de la historia, don Antonio Ordóñez Araujo, está orgulloso de usted en el lugar más alto que domina su serranía. Y lo mismo su abuelo, «es de Ronda y se llama Cayetano». Su Padre, Francisco Rivera, también lo hizo, como su hermano Francisco, pero usted le ha añadido a su gesto el arte de su abuelo. Precisamente en Bilbao, donde Antonio Ordóñez se reunía con sus mejores amigos, uno de ellos, Luis Gana, el arquitecto de la nueva plaza bilbaína. El maestro rondeño, el «Rondeño» como le dice don Francisco –Curro– Romero, era un enamorado de Bilbao y muy forofo del Athletic. Su gran amigo Chindas Villagodio decía que después de ver torear a Ordóñez, lo más que se podía decir del resto es que no lo habían hecho mal. Yo, modestamente, escribí y pronuncié para «Los de José y Juan», un texto que se titulaba «De Beethoven a Antonio Ordóñez», reivindicando para acompañar la majestuosidad del toreo de su abuelo la Séptima Sinfonía del prodigioso sordo. Porque a mí, el pasodoble me anima y me gusta en el paseíllo y el tiempo que transcurre entre toro y toro, «Nerva» por ejemplo, pero cuando un torero artista levita en el primer andamio del aire su arte grandioso, lo que se espera es la música de Beethoven, de Mozart –Curro y Pepe Luis–, de Schubert –Bienvenida y el Viti–, o la barroca de Pachelbel para detener la cadencia de Paco Camino.

Don Antonio era rondeño, amaba Sevilla y no dejaba de torear en sus plazas del norte, Bilbao, San Sebastián, Vitoria, Pamplona y Santander. En San Sebastián, con un vestido naranja y plata, rozó una tarde la armonía de Dios y un noroeste rabioso y amenazante detuvo su fuerza durante el quinto toro para que el milagro se produjera. Don Antonio era un español como la copa de un pino o la raíz de un pinsapo, Caballero Legionario de Honor del acuartelamiento de Montejaque, y lo que hizo usted en la plaza de Bilbao hace pocos días, se lo estará contando a todos los habitantes de las nubes eternas y los azules infinitos con orgullo de abuelo.

Cambió el tercio dando paso a las banderillas. Su cuadrilla recibió los palos adornados con los colores de la «ikurriña». Y usted reunió a los suyos, tomó esas banderillas, las devolvió al callejón y repartió los palos, que los cursis denominan rehiletes, con los colores de la Bandera de España. Y se oyeron pitos, pero la mayoría de los espectadores aplaudió el gesto. Y cuando usted cabalgó sobre el burladero para brindarle la muerte del toro al Rey Don Juan Carlos, un amplio sector de la plaza se incorporó para emocionar su brindis con la fuerza de sus ovaciones. «Este pueblo ha sufrido mucho por el terrorismo, y le brindo este toro por España a Vuestra Majestad que siempre ha estado del lado de las víctimas. Por España». Ese brindis tenía un segundo destinatario. El Rey Don Felipe, que venía de soportar la humillación cobarde de una chusma separatista que se olvidó de sus muertos.

En pocos minutos, dos gestos valientes y toreros, cambiaron el ambiente de la plaza proyectada por Luis Gana, el gran amigo de Antonio Ordóñez. Entre los dos tilos centenarios que custodian el pozo donde descansan las cenizas de Orson Welles en el Recreo de San Cayetano, también las cenizas aplaudieron. Como en el ruedo, junto a al portón de toriles de la Real Maestranza rondeña, donde duermen la mitad de los restos del maestro, esperando reunirse el día del encuentro con los esparcidos sobre la Camarga francesa, región que Ordóñez adoraba. Su ejemplo, don Cayetano, va a quitar muchos complejos y alentar firmezas y valentías. Usted toreaba una corrida de la Semana Grande de Bilbao, Bilbao es España, estaba en la plaza el Rey Don Juan Carlos y usted no admitió que unos soplagaitas con sus silbidos despreciaran los colores de nuestra Bandera, que también es la suya. Y cuando las cosas se hacen bien, todo se resuelve. Los pares de banderillas que colocaron sus subalternos, grandes toreros de plata o azabache, sobre el morrillo del toro fueron excepcionales, dignos de su gesto, y a ellos hay que agradecerles también su inmensa torería.

Cuando su abuelo toreaba en Bilbao, el ambiente era diferente. Día grande de los grandes días de las fiestas. A partir de ahora también será diferente cuando usted figure en los carteles. Porque, además, para mayor placer, de cuando en cuando, un gesto, una cadencia, un movimiento, una verónica, un natural o un pase de pecho, los culmina con la majestuosa claridad de Antonio Ordóñez.

Ha hecho usted un gran favor a la Fiesta con mayúscula, don Cayetano. La de los Toros. La más culta, arriesgada, y alta en las artes universales que España inspira al mundo. Desde mi mesa, lo estoy sacando a hombros por la Puerta Grande.