Escaleras victorianas

La Razón
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Mediado el siglo XIX una clase media emergente victoriana construyó en las urbes esas características casas de tres pisos tan estrechas que en la fachada solo cabe la puerta, y que con buen gusto se han conservado en Inglaterra y otras ciudades americanas como recuerdo del neogótico inglés. Sus escaleritas internas tienen una inclinación imposible y peldaños de medio pie que han alimentado no solo accidentes domésticos mortales sino también el cine de terror desde «Luz de gas» al milagroso traveling de la escalera de Hitchcok en «Frenesí». La mayoría de los españoles, incluidos los que no quieren serlo, llevamos años descendiendo escaleras victorianas sin advertir que, con suerte, podemos rompernos el coxis o fracturarnos el occipucio. Fatiga la cantidad de escalones que solo dan sujeción a la mitad del zapato y que damos por ciertos e inevitables. No somos príncipes de la corrupción aunque de la picaresca hayamos hecho un género literario. Citando solo a dos vecinos tres de los candidatos a la Presidencia de Francia están indagados en asuntos despreciables, y el ganador tras el «ballotage» lo será con la justicia en los talones. Italia, simplemente, ha institucionalizado la gran corrupción. No somos menos que estos parientes europeos. La judicialización de la política entre partidos es letal, y bochornosas las denuncias vocingleras de quienes guardan esqueletos en el armario. En las postrimerías de la Transición Alfonso Guerra anunció la muerte del barón de Montesquieu, y no mentía: nuestra separación de Poderes es teórica y virtual. En España el secreto sumarial no existe, y la presunción de inocencia es una bondadosa aspiración franciscana sin asiento social alguno. Y no siendo más corruptos que los demás sí nos retrata el «¡más caballos!» de los viejos cosos taurinos o el racial intento de linchamiento de Cagancho en Almagro, que quedó para los anales. Somos crueles y nos satisface morbosamente la desdicha de triunfadores embarrancados, sean ladrones o filántropos. El despedazamiento de Hipatia en Alejandría se hubiera dado en nuestros patios de monipodio con idéntico paisaje de ignorancia, sectarismo y misoginia. El giro copernicano sufrido por los medios de comunicación es otro peldaño victoriano. La superficialidad sustituye al rigor, y la frivolidad se ha hecho imperiosa, teatralizándose formatos informativos que se transmiten como partidos de fútbol. La inoperancia del Tribunal de Cuentas y la fantasmagoría de las auditorías, completarían esta escalera victoriana que estamos bajando a trompicones.