Espinacas con bechamel

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La Madre de Antonio Pampliega explica que la voz de su hijo por teléfono era de niño pequeño. Y que le pedía perdón, una y otra vez, por las preocupaciones que le ha dado. Mari Mar Rodríguez Vega dice que lo primero que va a hacerle es «un plato de espinacas con bechamel, que es lo que más le gusta». Imposible meterse en la piel de esta mujer, o del resto de los familiares de José Manuel López o Ángel Sastre, que durante diez meses han soportado la pesadilla de imaginarlos vestidos con el pijama naranja de los condenados a muerte. Porque Daesh hace eso: te manda el vídeo de tu ser querido poco antes de ser decapitado por un hombre de negro. Lo hicieron con los periodistas James Foley, Steven Sotloff y Kenji Goto, dos americanos y un japonés a los que sus gobiernos no pudieron rescatar. El Gobierno de España ha conseguido traer a nuestros compañeros y una no piensa en las entrevistas ni las declaraciones, sino en el abrazo ceñido de esa mujer, que ha sentido que se le iban las entrañas detrás de la memoria de su hijo. En esas espinacas cocidas con amor. En la cama limpia, el agua de la ducha de casa, la taza del desayuno. En Kosovo, Osetia, Palestina, Irak, Siria, el sabor de todas las guerras del mundo es el mismo: el dolor de las madres. Antonio tendrá que pedir perdón mil veces a Mari Mar. Pero a nosotros no. Nosotros les damos las gracias a los tres por contar la verdad frente a quienes quieren matarlos. Viva la libertad de prensa.