Esquela con lilas

Estaré en la Feria del Libro de Madrid, esta vez para firmar ejemplares de «Lilas en un prado negro», que es un título recopilatorio de relatos urdidos en la penumbra de mi cabeza en un momento de mi vida en el que hasta me parecía que fuese yo el único excremento que no se atreviesen a comer los cerdos. Contiene pasajes amargos y otros jaspeados son la llamarada ignífuga de un humor sin demasiadas esperanzas, como ese gesto de vago y remoto placer que veríamos en el rostro de un muerto al que le hiciesen cosquillas las lombrices que devoran tenazmente la gomosa flacidez de sus vísceras. Pero eso es lo de menos. Soy devoto de la Feria porque me acerca a un público lector al que, además de las alubias, le debo el remanente de mi precaria felicidad, incluso la vida. En absoluto me mueve el ansia de un éxito editorial, no porque desprecie sus dividendos, como cualquier esnob, sino porque me he concienciado desde muchacho de que la vida es un viaje a bordo de un tren con humo que avanza al tacto sobre las vías gracias al recurso de ir alimentando las llamas del fogón con la madera de sus vagones. Lo que de verdad me interesa es ese rostro plural de los lectores, la mirada colectiva de quienes siendo tan distintos entre sí, en el fondo tanto se parecen a mí. Lo digo porque del mismo modo que los veo frente a mí en una de las casetas del Retiro, con la misma naturalidad, y tanto efecto, podría imaginarlos echándole con cariño un vistazo a mi cadáver en el tanatorio. Les regalaría a todos ellos el libro si pudiese. Mis lectores se ahorrarían un dinero y yo sería el de siempre, un tipo que escribe sin ambiciones materiales, si acaso con la razonable esperanza de que con motivo de su muerte a los suyos les hagan un descuento en la esquela del periódico.