Gente del parque

La Razón
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Voy mucho a los parques para que mi perra juegue. A mi perra, que se llama Happy, pesa menos de cuatro kilos y es preciosa y lista, le gusta hacer felices a los demás. Así que lleva siempre en la boca una pelota de color verde chillón que va dejando a los pies de todo aquel que tenga cara de necesitar compañía. A veces, también se la lanza a algún impresentable, todos cometemos errores. Pero, en general, busca a gente que la mire a los ojos y sonría. Para ella eso es definitivo. Mirada, sonrisa, toma pelota. Así que, a veces, paso ratos largos sentada al lado de desconocidos que me cuentan sus cuitas mientras lanzan la pelota a mi perra. Somos una buena patrulla terapéutica. Ahora, en verano, hay muchas soledades; mujeres y hombres que nunca se van de vacaciones y que se refrescan mirando los árboles y el polvo. Una de estas mujeres es asidua en todas las estaciones, comparte banco con dos amigas de unos setenta largos –son algo más jóvenes que ella–, tiene una sonrisa casi permanente y dos ojitos minúsculos como semillas negras, que ven lo que no está escrito. Normalmente, al ser tres no me siento con ellas, aunque siempre que paso a su vera me viene un olor a leche de antes. El otro día la vi sola y Happy corrió a su lado. Ella se agachó tambaleándose y agarró la pelota con una agilidad asombrosa. Inmediatamente se puso a hablar. «Yo tenía una lechería aquí al lado y un marido. Un hombre, muy bueno. Pero un día cerró el pico. Sí, ni agua». Y siguió contándome. El próximo lunes se lo narro a ustedes.