Hacia el diván

La Razón
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Desentrañar los sondeos de opinión sobre las inminentes elecciones catalanas provoca sudores tan fríos como los de Yves Montad en «El salario del miedo» (Clouzot), filmación de la novela de Georges Arnaud sobre una tropa de miserables transportando la volátil e inestable nitroglicerina a una perforación petrolífera. Ormuz y Ariman, todo o nada, el bien y el mal si así os parece. Dos bloques no homogéneos, de simetría variable, constitucionalistas y secesionistas, se disputan la mayoría absoluta en el Principado de Cataluña por tan solo el filo de un escaño. Dicotomía social. Las mayorías absolutas, aplastantes, son menos deseables de lo que se supone, por torponas, lentas ante las reformas necesarias. Las absolutas tienden a sentarse sobre su propio culo. Las coaliciones son más vivaces a menos que resulten como utilitario cajón de sastre o muestrario de retales obsoletos como pude ocurrir en la Asamblea legislativa catalana a cuenta del pacto que no se puede o el que no se debe. Lo cierto es que la sociología catalana es inextricable.

¿Qué tendrá que ver el Dalai Lama Puigdemont con el Estado moderno? ¿Qué tendrá que ver el perillán burgués de Artur Mas con la sudada Anna Gabriel? ¿Qué la transparente Arrimadas con el melifluo Iceta? Sobran varillas para este abanico. Seguiremos ignorando que Francia es una nación de naciones, como Italia, Reino Unido, Alemania, Estados Unidos, Rusia o China. Con el paleto lavado de cerebro identitario desde el ex molt honorable Jordi Pujol, multiplicado exponencialmente por las redes sociales, trasunto del Anticristo, solo queda al diván del psicoanalista que libere del subconsciente esos impulsos instintivos reprimidos por una conciencia prefrabicada. Y llevará generaciones dar la vuelta a esa republiqueta independentista, paraíso fiscal y colonia china y árabe, que se encuentra colgada sobre el Mediterráneo.