Horizonte sin fantasmas

Cuenta la historia que Pedro Álvarez de Sotomayor, apodado Pedro Madruga, hizo de su fortaleza el epicentro de la actividad política del sur de Galicia en el siglo XV. En aquel castillo, erigido sobre rocas de difícil escalado, se fraguaron batallas entre la nobleza gallega y la nueva producción agrícola y ganadera de los trabajadores. No en vano, hasta que pasó al cargo de la Diputación Provincial de Pontevedra, sus muros fueron testigo de luchas, intrigas y conspiraciones. La Marquesa de Ayerbe, conocida como «La Marquesa Roja», una de las precursoras del movimiento feminista en España, heredó la propiedad y construyó la llamada «Galería de Damas» y el sanatorio adjunto, convertido en Hostal-Posada, bien conocido por Mariano Rajoy.

Fue precisamente su abuelo, abogado republicano, autor del Estatuto de Autonomía de Galicia de 1932, junto con Manuel Iglesias Corral, uno de los grandes impulsores del castillo como emblema de la tierra gallega. Para que luego digan de los genes de la derecha. A pedigrí democrático, a Rajoy pocos le ganan. De niño pescaba en el río Verdugo, donde dicen que el barbo es único y la trucha poco asalmonada. En la Posada conocen bien al ahora presidente. Años atrás, con amigos, practicaba la pesca y el senderismo. Dicen que llegaba andando hasta el Castro de la Peneda, un lugar en otro tiempo inaccesible, lleno de platanares, hortensias y camelias. A Rajoy el bosque se le da bien. Es lo suyo lidiar con la fauna ibérica plural: o sea, catalanes, vascos, andaluces y, no olvidemos, los suyos propios.

Hace ya tiempo que el PP escogió este lugar para iniciar el curso político. Rajoy nunca ha faltado a la romería de San Caetano, la capilla del alto terreno con siglos de antigüedad. El aire es puro y el presidente lo va a necesitar. Al margen de su densa agenda internacional, el Congreso hierve. Los Presupuestos Generales del Estado, la reforma de la Administración Pública, Ley de Telecomunicaciones, y un sinfín de otras en el ámbito económico, aguardan con la guadaña de la oposición en ciernes. El PSOE no da tregua, y menos, con la sombra de Bárcenas en el alero. El desafío nacionalista catalán, al acecho. Pero el Gobierno no se inmuta. El ex tesorero y coletazos varios no alteran su agenda. La gestión es una cosa. La política, con minúsculas, otra. Ya se lo dijo un día a la prolija diputada verbal Rosa Díez: «Usted habla de lo que quiere. Yo también».

De manera que intereses de unos, y estrategia de otros, van por diferentes caminos. Parece que Rajoy, en estos días veraniegos, en sus escasas salidas con paisanos, según dicen quienes con él pudieron hablar, ha bebido gaseosa. Magnífica elección, pues refresca el gaznate y despeja la mente. Se le vio tranquilo, relajado, y hasta adquirió unos buñuelos en un local de Cambados. Lo que ha modificado es su receta de gafas, las tres dioptrías de siempre han aumentado. Es la carga del poder, el peso de la púrpura pasa factura a la vista, sí señor. En Sotomayor, reitera que su agenda reformista es inalterable. Cuenta la leyenda que en el siglo XII, tras los muros imponentes, habitaban fantasmas. Hoy, a Rajoy no le inquietan. Llámense Bárcenas, Alfredo, Arturo, Gibraltar o Pepito, el presidente sigue su camino, con la Ley en la mano y los votos detrás. En el despacho le aguarda, como él mismo admite con sorna, «más de un follón» y «con botarates» en todas partes. Hace un año, España estaba al borde del rescate. Ahora, con un horizonte económico despejado. Atrás quedan otros fantasmas y, sobre todo, para Mariano Rajoy, el gran importante: la recesión. Aquí, se la ha jugado y se la juega.