Indignidad y mamandurria

El pesebre separatista puede y debe tener unos límites. ¡Sí! Es verdad que la mayoría absoluta de los españoles entendemos que las ayudas y subvenciones, en pleno proceso de recuperación económica, tienen que ser estudiadísimas y tasadísimas, deben estar perfectamente tabuladas. Y más cuando los perceptores no son trigo limpio, cosa que en el caso de Òmnium Cultural es una evidencia.

No. No estamos ante una situación que haya que lamentar, o que pueda parecer penosa, o resultar una entera desvergüenza (¡que claro que lo es!). Estamos ante un hecho antidemocrático que debe ser corregido de manera inmediata, incondicional, irrestricta. Y sólo caben dos opciones.

La primera es que el Gobierno de Artur Más deje de regar con una morterada de millones de euros el jardín de los que se esfuerzan en envenenar la convivencia entre ciudadanos. Algo harto improbable, porque las actuales élites de CiU viven precisamente de enconar, de dividir, de malmeter (¡¿a qué diablos estamos jugando?!).

La segunda salida ante el dilema que se plantea tras la revelación de LA RAZÓN es recta. Pasa por una depuración directa por parte de todas las plataformas soberanistas de todos aquellos cafres que disfrutan ejerciendo la violencia, el matonismo y hasta el crimen. ¡Obviamente! Porque el fin no justifica los medios. Y porque no hay nada más repugnante que arrancarle la vida al prójimo por bastardos o torcidos motivos ideológicos. Y que ocurra esto es más difícil todavía.

No nos engañemos. No hay noticia en la reacción extremadamente tibia o inexistente por parte de los nacionalistas ante la irrupción en el espacio público de una figura que es, simplemente, un peligro para casi todos. Sin duda alguna para los que creen en España como nación única e indivisible. Pero también para los que entienden que se puede revisar el actual estado de cosas –a nivel político, jurídico, administrativo– sin sacar el trabuco ni ejercer el bandolerismo.

¿Qué consecuencia puede tener practicar la tolerancia con los intolerantes? Ninguna buena. Exhibir indignidad frente a quienes pretender arrastrarnos hasta el corazón de la batalla para evitar el conflicto significa achatarrarnos moralmente frente a quienes por las malas o por las malas embestirán como búfalos. Parémosles antes de que sea tarde. ¡Vamos!