Israel y la UNESCO

Estaba casi cantado que Estados Unidos se retiraría de la UNESCO, y era seguro que acto seguido lo hiciera Israel. Lo primero ya ocurrió en los ochenta, bajo Ronald Reagan, cuando la UNESCO fue acusada de propaganda procomunista. George W. Bush devolvió su país a la organización, pero en 2011 Barak Obama empezó a recortar la aportación de su país tras el ingreso de «Palestina», un Estado que no existe. Cumplía la legislación norteamericana que prohíbe la financiación de cualquier agencia multilateral que reconozca Palestina como un Estado. La salida decidida por la administración Trump le ahorrará dinero, porque EE UU ha sido siempre el principal contribuyente (con un 22%) de la UNESCO, y sanciona el sesgo antiisraelí de la agencia, que en julio consagró un alto lugar de la historia judía (la ciudad antigua de Hebrón, con la Tumba de los Patriarcas) como Patrimonio Mundial Palestino, negando de paso su relación con el judaísmo. En mayo, la UNESCO aprobó una resolución en la que declaró Israel «potencia ocupante».

El presidente Emmanuel Macron había logrado colocar a una francesa, Audrey Azoulay, al frente de la UNESCO y parecía tener la esperanza de comprometer a su amigo Trump en la organización. Los gestos, sin embargo, han sido demasiado provocadores y la fantasmagoría ideológica demasiado atrevida. Aunque Estados Unidos permanece como observador, el alcance de la UNESCO queda en entredicho. Y queda aún más evidenciada la deriva que desde hace muchos años ha emprendido la agencia internacional. De los tiempos en que promovía, estudiaba y divulgaba la cultura universal, se ha convertido en una máquina de promoción de eslóganes y propuestas en contra de las democracias liberales y los principios en los que se basan esta. Y aunque sin el menor valor científico ni académico, sus informes y sus posiciones sí tienen un valor simbólico, al establecer un supuesto consenso sobre posiciones que –no falla nunca– se dirigen contra todo aquello que signifique liberalismo y tolerancia.

La decisión de Trump, y la del Gobierno israelí, serán entendidas como un paso más en una estrategia de distanciamiento del orden multilateral. Desde otro punto de vista, pueden ser interpretados como gestos que ayudan a entender el significado de ese consenso antiliberal que pretende hacerse con la cultura oficial mucho después del comunismo.