La burra y el trigo

La Razón
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RTVE ha caído 20 puntos como preferencia informativa de los españoles desde que, en 2011, Mariano Rajoy entró en La Moncloa y el Partido Popular colocó al mando del cotarro a una serie de personajes cuya máxima preocupación vital es no meterse en problemas.

La cadena pública por excelencia, la que lleva la «E» de España en sus siglas, se ha visto superada en audiencia por las privadas, cuyo único interés es la pasta, pero eso no es lo grave.

Lo preocupante es que ha tirado la toalla en la batalla por informar a la ciudadanía y que sistemáticamente, cuando llega un asunto trascendental, se pone de perfil y cede la iniciativa a Antena 3, Telecinco y últimamente a LaSexta.

Nada ha habido tan crucial en la política española desde que se implantó la democracia, que el desafío separatista y ni TVE ni RNE han estado a la altura, por absentismo en ocasiones y por un erróneo concepto profesional en otros. Los periodistas tenemos la obligación de ser objetivos, pero no debemos permanecer neutrales cuando lo que está en juego es vital.

Y de la misma forma que no somos indiferentes frente a la violación, el crimen o el racismo, no lo podemos ser ante un reto que amenaza la pervivencia de España como nación y se perpetra ignorando los derechos de una parte sustancial de la población y pasándose la Constitución por la entrepierna.

Dentro de dos días tenemos elecciones, pero el 21-D no termina nada. Empieza la lucha por el alma, los sueños y el futuro de Cataluña. Y no es un problema de los catalanes, sino de todos los españoles.

Si gana Inés Arrimadas y los constitucionalistas cosechan más votos que los separatistas descarados, será más sencillo el discurso de los que se sienten catalanes y españoles y se complicará el de los xenófobos que llevan años repitiendo como una letanía que el pueblo catalán quiere la independencia y seguirán haciéndolo. Nada más.

El resto lo tenemos que poner nosotros.