Política

La catástrofe del triunfo chií

Todo lo que puede ir mal en Siria está sucediendo, pero todavía queda mucho margen para empeorar. Cuando en agosto a Obama le estalló en la cara la trampa de las armas químicas en la que él mismo se había metido, se calculaba que el número de muertos podía ya pasar de los 100.000. Cuatro escasos meses después, andan por los 125.000. Eso para los que creen que se salvó la paz gracias a lo no intervención americana, aunque el alfilerazo que Obama había proyectado podía, con mucha probabilidad, ser por completo irrelevante, o bien acelerar la espiral en curso hacia el abismo. Pero esa caída continua por dinámica propia y el fatal proceso infeccioso consiste en el desbordamiento del conflicto hacia todos sus vecinos, con implicación más directa de los valedores de cada uno de los bandos. Desde luego, eso lleva ya tiempo sucediendo, pero al menos la lucha armada todavía no se ha extendido. El siempre inestable equilibrio político-comunitario del Líbano está siendo anegado por la masa de refugiados, que abruma igualmente a la pobre y endeble Jordania. Turquía también se ve afectada, no sólo por los que huyen, sino por el, para ella, delicadísimo tema kurdo. Más de un millón de ciudadanos de esta etnia en Siria tratan, cada vez más, de hacer la guerra por su cuenta.

A los yihadistas de Irak, que siguen asesinando a mansalva en su país, les sobran combatientes que enviar a la vorágine siria, en donde los de la guerra santa cuentan con tres organizaciones, no siempre bien avenidas entre ellas. En conjunto, la yihad está en este momento reuniendo más guerreros en Siria de los que ha tenido nunca en ningún otro país. Mientras tanto, el Gobierno de la mayoría chií en Bagdad, que aspira a no depender de Teherán, se ve impulsado por la dinámica regional a ir integrándose en el eje chií formado por Irán, el régimen de Asad y el Hizbulá libanés, más elementos palestinos de Gaza.

Aunque el gaseamiento que produjo centenares de muertos tuvo bastante de acto desesperado por parte del régimen, que veía cómo los insurgentes estaban a punto de cortar las comunicaciones de la capital con el este del país, ya por entonces las tornas habían cambiado, y gracias a una intensa ayuda de los ayatolás iraníes y de Putin al régimen de Asad, los rebeldes estaban retrocediendo frente a la ofensiva gubernamental. Ese retroceso ha continuado y la inhibición americana aumentó desde el vidrioso acuerdo sobre desarme químico del Ejército sirio, todo lo cual ha provocado también un reequilibramiento en el seno de las fuerzas opositoras: los elementos más o menos moderados, al menos no abiertamente hostiles a Occidente y a una solución con algo de democracia y no demasiado islamismo, han sido puestos en desbandada por los mucho más radicales, abiertamente yihadistas o bastante próximos, como los afines a la Hermandad Musulmana. Si decidir qué bando es el peor fue difícil desde el principio, cada vez lo es más. Pero una victoria del arco chií es una catástrofe.