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La cátedra de Canalejas

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Tiempo de lectura 4 min.

29 de julio de 2018. 22:43h

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Tomás Gómez 29/7/2018

La reacción de los portavoces del PSOE, después de la votación en la que el gobierno se quedó solo con su propuesta de techo de gasto, es un indicador de que las alarmas han saltado.

Es verdad que la decisión le recorta al ejecutivo el margen de actuación y que un ajuste de 6.000 millones dificulta la percepción social de su gestión. Pero, lo que ha quedado constatado, es que la alianza que tejió el PSOE era anti Rajoy y no pro Sánchez.

La sensación con la que el viernes salían los diputados del Congreso es de que la legislatura está prácticamente agotada porque no se puede vertebrar una acción de gobierno con 84 diputados a favor y 266 en contra.

La responsabilidad que tiene el Sr. Sánchez es enorme porque es consciente de que intentar mantenerse por mucho tiempo en la Moncloa es un suicidio para el PSOE y para España, pero la experiencia le ha demostrado que ganar una moción de censura es muy difícil y la suerte juega un papel principal, pero que las elecciones son inciertas.

Las buenas campañas de marketing consisten en que nos hacen partícipes de una realidad que ellas mismas han creado. Unos centenares de nombramientos y algunos anuncios de reformas estructurales del país dan buenos titulares y una sensación de un gobierno estable, pero no dan más diputados ni quitan un ápice de deslealtad con el Estado al Sr. Puigdemont.

El riesgo de cronificar la inestabilidad, que viene sufriendo el gobierno desde el año 2015, hace necesaria la convocatoria de elecciones. Si se hace pronto, el PSOE tiene muchas oportunidades de ganar, si lo retrasa tiene casi todas las de perder.

Pero, en política, siempre hay otros factores que suman y pesan en la toma de decisiones. En primer lugar, los adversarios políticos no desean elecciones ahora mismo, tan solo buscan el desgaste del gobierno, por eso apretarán, pero no ahogarán hasta que lo crean oportuno.

El Partido Socialista recibirá algunos gramos de oxígeno de unos y de otros, pero eso no debería provocarle un espejismo de gobierno estable, porque cuando quisiera salir de ese sueño, sería demasiado tarde para afrontar unas elecciones con ventaja.

Por otra parte, la aversión al riesgo es humana y son especialmente sensibles quienes tienen algo que perder. Convocar elecciones supone nuevas listas electorales, lograr el gobierno que es algo diferente a ganar las elecciones y volver a ser nombrado para el cargo, demasiada incertidumbre.

Me viene a la cabeza la anécdota que le ocurrió a D. José Canalejas cuando fue derrotado en unas oposiciones por el Sr. Menéndez Pelayo. La decisión del tribunal fue aceptada y justificada por el propio Sr. Canalejas, que lo consideró de justicia.

Algún tiempo después, se volvió a presentar a la misma cátedra y en esta ocasión la ganó el Sr. Sánchez Moguel. Esta vez no estuvo conforme el Sr. Canalejas que se quejó ante D. Ramón de Campoamor, miembro del tribunal que inclinó la balanza.

La respuesta que este le dio fue tan certera como inesperada: “Pero hombre de Dios, si va usted camino de ser nombrado ministro, ¿por qué diablos quiere ser nombrado catedrático?”

Posteriormente, D. José Canalejas fue ministro de Fomento, de Justicia, Obras Públicas,...y, como todo el mundo sabe, Presidente del Consejo de Ministros en 1910.

Hoy día, las cosas han cambiado mucho. No está tan claro que ser ministro sea mejor que ser catedrático, ni mucho menos subsecretario de Estado o jefe de gabinete de un subdirector general. Además, hoy día, nadie deja una prometedora carrera profesional para una aventura corta y sin horizonte claro.

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