La ciudad de los iconoclastas

El otro día llamé a Iván Tubau para preguntarle qué le parecía lo de la foto del torero Padilla retirada por el Ayuntamiento de Barcelona. Pero antes presentaré a Tubau, por encima, para quien no lo conozca: es periodista, de Barcelona, de 1937, primer director de la edición española de «Playboy», profesor de periodismo, amante del cómic, poeta, un tipo peculiar, heterodoxo, lo que el Papa Francisco llamaría un hombre libre y pecador. Y antinacionalista. Bien. Lo primero que me dijo es que es antitaurino, que matar a un animal de esa manera le parecía un horror y que nunca comía foie desde que vio, siendo niño, cómo criaban en Francia, donde se exilió su familia, a las ocas. Pero estaba, sin embargo, en contra de cualquier tipo de censura, así que no querer colgar esa foto de las farolas de la ciudad sólo demuestra la estupidez –por definición– del censor, porque el censor nunca alcanza sus objetivos, sino precisamente lo contrario. Le agradecí que no le gustasen los toros porque ese matiz enriquecía el antinacionalismo –versión catalana–, ya que algunos creen que ambas cosas entran obligatoriamente en el mismo paquete y se defiende en la misma trinchera. También odia el napalm, supongo, y no le importará ver «Apocalipsis Now». La cuestión está en diferenciar entre realidad y ficción, que parece sencillo, pero es imposible cuando en la cabeza sólo cabe una gran idea, pero sólo una. Confundir a un torero tuerto con España es un modo de iconoclasia que cree que esa imagen es «de verdad» y no una representación. Es un modo de pensamiento mágico. Salió una edición de «Fahrenheit 451», de Ray Bradbury, un novela sobre la censura, que fue censurada, cortando las palabras «infierno» y «maldito», creyendo que ahí residía el pecado. Sin comprender que el verdadero peligro del libro era que su protagonista, el bombero Montag, era, además, el que quemaba los libros.