La cola

No sé si saben Vds. que hay muy poca gente en el mundo que haga cola tan estupendamente como la del Atlético de Madrid. Contaban las crónicas que, cuando los chinos preparaban sus Juegos Olímpicos de dos mil ocho, en Pekín se enseñaba al personal a ponerse en fila como Dios manda. Una pena porque podrían haber mandado a un grupete de observadores internacionales a tomar nota de cómo y de qué manera lo borda la afición colchonera. Durante tres días con sus respectivas noches, por el Calderón hemos pasado trece mil cincuenta rojiblancos con los respectivos amigos y familiares que han ido a darnos algún relevo para poder hacer aguas menores, mayores, recoger a nuestros niños, orear la casa y acudir a nuestros trabajos. No tres días seguidos todos, claro, pero hemos perdido seis horas de media que debería valer para que aparezca en la taquilla una azafata con un ramo de flores y nos dé un premio junto a la entrada. Vds. pensarán que nadie nos obliga, que lo hacemos por devoción, por locura, por indigencia intelectual, de qué se quejan estos si vienen voluntariamente. Tampoco nos dejan otra y otras posibilidades hay, por cierto. Es que hacemos cola perfectamente, qué diablos. La hacemos perfecta y damos argumentos al palco que podrá presumir de afición, de entrega, de pasión, nos sacarán en los periódicos, protagonizaremos reportajes, álbumes de fotos, ahí los tienes, gritando, dirá Cerezo en Lisboa cuando le saquen por la tele y de fondo se nos escuche cantar pase lo que pase. Y luego a lo mejor salimos en fila india para dar un ejemplo al mundo. Cómo somos los de la mejor afición. A la fuerza ahorcan. Ordenadamente, eso sí.