La escuela

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La escuela de mi pueblo está en la plaza, debajo de la casa del maestro. Estaba abierta cuando la bandera ondeaba en la ventana. Era una escuela mixta: convivíamos los niños y las niñas en bancos corridos con agujeros para los tinteros. Sobre la mesa del maestro lucía un globo terráqueo, y detrás, en la pared, el crucifijo y los retratos de Franco y de José Antonio. En la pared de la derecha había una pizarra y un mapa de España. En la izquierda, dos ventanales asomados al campo. En medio una estufa negra de leña que, cuando revocaba, llenaba el aula de humo. Desde fuera podía oírse el canturreo de la tabla de multiplicar. En la arqueta de mis recuerdos guardo aún un cuaderno azul con dictados y problemas. En los recreos jugábamos al marro. En la plaza olía a pan procedente del horno de la tía Milagros que llamábamos «La Amasadería». Siempre he pensado que un pueblo deja de serlo cuando no huele a pan ni hay niños en la calle.

Hace mucho tiempo que la escuela de mi pueblo está cerrada y no huele a pan. Pero nunca olvidaré el aprecio y el respeto de aquellos campesinos por el maestro y el afán de que sus hijos aprendieran para ser un día «personas de provecho». Lo he pensado cuando he visto en el Informe Pisa que Castilla y León destaca en educación por encima de las demás comunidades. No me extraña. Lo peor que podías decir allí de alguien es que era ladrón o analfabeto. Siempre ha presumido Soria de ser la provincia con menos analfabetismo. Así que esto viene de lejos. Lo ilustraré con un caso verídico que ocurrió en el pueblo de al lado. Necesitaban un cabrero. Le ofrecían casa, leña y sueldo a convenir. Llegó de lejos un aspirante que tenía buena pinta, pero, a la hora de firmar el contrato, indicó que no sabía firmar. El alcalde, sorprendido, le dijo: «Lo siento, amigo, en este pueblo no podemos contratar a un cabrero analfabeto». Y, después de darle vueltas, le propuso: «Estamos en septiembre, el maestro te dará clase todas las noches cuando vuelvas de la cabrada; si para final de año has aprendido a leer y escribir, firmaremos el contrato, y si no, tan amigos». Y el 31 de diciembre el cabrero firmó.