La escuela, ese lugar

La Razón
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Investigaciones a largo plazo de EE UU han demostrado que no hay ninguna relación entre el éxito en la escuela y el éxito en la vida. Niñas y niños de sobresaliente no suelen sobresalir en nada de adultos, mientras que otros críos con pésimas notas logran conquistas profesionales. Curioso pero no tanto. Porque en la escuela las mejores notas son las de los estudiosos, los memoriosos, los obedientes, mientras que los que después consiguen hacer algo significativo en la vida son los que han encontrado su vocación particular y se la han peleado con uñas y dientes, casi siempre con grandes dosis de rebeldía. Resulta, además, que desafortunadamente ese lugar en el mundo que es el tuyo no siempre está en el colegio, o lo está de una manera tan somera que apenas lo encuentras. Ser bueno, en general, en las materias centrales, no parece ser epicentro de vocaciones. Sí lo sería un lugar, una escuela, en el que cada criatura pudiese vislumbrar qué es aquello que le gusta y en lo que tiene mayores capacidades. Y que eso, que es particularmente suyo, no sea algo menor en importancia a otra cosa. En un buen sistema educativo los profesores potenciarían a ese pequeño filósofo, o aquel increíble actor, o ese crack en gimnasia, o el prodigioso «manitas», o a ese ser sensible que saca «insuficiente» en casi todo pero que escribe poemas a escondidas. Esos, seguramente serán seres humanos con sueños y, si tienen disciplina y fuerza, podrán triunfar en su profesión. La escuela ha de ser un lugar en el que encontrar tu lugar. Dando la misma importancia a todas las materias. Fundamentalmente a la humana.