La geometría

La Razón
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El próximo fin de semana se celebrará el congreso del PSOE, que será sustancialmente diferente a las anteriores ediciones. Nunca se había dado la circunstancia de que el Partido Socialista atravesase una crisis interna tan profunda y, sin embargo, que el máximo órgano del partido se perfilase como un mero trámite.

Todos los destellos informativos previos, que se emiten desde la calle Ferraz, apuntan hacia dos ideas: la primera es que ya han decidido los militantes quién será el próximo líder del partido y el congreso debe ser un encuentro en el que se escenifique la aceptación de su victoria.

Esta afirmación tiene una parte de verdad incuestionable, porque los congresos socialistas, desde 1879 hasta el año 2011, eran el ámbito en el que se elegía el líder del partido, incluso en el 2014 las elecciones primarias fueron meramente consultivas, en esta ocasión la elección está hecha de antemano.

Sin embargo, en dicho argumento, hay otra vertiente que empaña la realidad. En los congresos se deciden otras muchas cosas, desde la posición política en materia económica, en política territorial, social o medioambiental que se llevará a cabo en los próximos años, hasta los miembros de la nueva dirección y las normas internas de funcionamiento que regirán.

La segunda de las ideas que se proyectan es que el PSOE vuelve a ser izquierda, el propio lema «somos la izquierda» evoca a recuperar un lugar que se había perdido. Es el colofón del relato que se ha ido construyendo en los últimos meses: el Partido Socialista ha estado en manos de dirigentes sospechosos de no ser hombres y mujeres de izquierda y se vuelve a la senda.

En definitiva, el secretario general in pectore tiene manos libres y todo el poder para que el PSOE vuelva a ser de izquierdas.

A corto plazo puede tener efectividad la estrategia, sin embargo, a medio y largo plazo tendrá efectos negativos. El Partido Socialista no ha sido nunca una organización de corte peronista en la que se delegue en un líder todas las decisiones, pero, el congreso ha centrado prácticamente todos sus esfuerzos en los cambios de estatutos internos con el propósito de reforzar la figura del secretario general.

Si en las próximas elecciones generales el PSOE pierde 25 diputados, como ocurrió en las elecciones del 20D y 26J, no habrá ninguna exigencia de responsabilidad, primero porque no se pidió cuando sucedió la primera vez, pero, sobretodo, porque con las nuevas normas nadie podrá formular tal petición.

Además, como se ha establecido oficialmente por el nuevo equipo que habita en Ferraz que todas las desgracias electorales tienen su raíz en el presidente José Luis Rodríguez Zapatero y, si me apuran, también en el presidente Felipe González, todo queda resuelto: Roma locuta, causa finita.

Decir que el PSOE dejó por un tiempo de ser de izquierdas es un atropello y un insulto a quienes han dejado sus sueños, su esfuerzo e incluso sus vidas por un ideal, no se puede destruir el trabajo de muchos por el beneficio de uno solo.

También quedará sin resolver cómo será la convivencia con los dirigentes de los distintos territorios. El dibujo que se ha hecho durante la campaña de primarias de los presidentes autonómicos no les deja en el mejor lugar para afrontar las elecciones.

Pero, ya saben, todo el poder se ha depositado en el secretario general del PSOE y los líderes regionales tendrán vedado participar en la dirección nacional, como si fuesen ámbitos sin ninguna relación en asuntos como la política territorial, fiscal, sanitaria, educativa o presupuestaria.

Algunos, de manera eufórica, han afirmado que se trata de una refundación del PSOE, aunque ya saben aquello de Voltaire: «Sólo es posible afirmar en geometría».