La madre del cordero

La Razón
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Lo más llamativo de la pareja Pujol Ferrusola es la herencia que han dejado a sus hijos, pero no la de los millones en cuentas andorranas, sino la de una conducta presuntamente criminal que no deja de ser un legado inquietante. Se puede ser un sinvergüenza y optar por el camino del dinero fácil e ilegal, pero hacen falta dos en perfecta armonía para crear una «famiglia» organizada en el saqueo de las arcas públicas y educada, por lo visto, para hacer de él su modus vivendi. Y ahí estaban ellos: un padre en una posición privilegiada y una madre que, por lo visto, movía el botín con un estilo mafioso que roza lo literario haciéndose pasar por la madre superiora de un convento que es un papel que, sin querer ofender en lo más mínimo a las religiosas que lo ejercen en la vida real, le cuadra como anillo al dedo por aquello de mandar sin que nadie le rechiste.

Doña Marta, la que arrugaba la nariz ante un presidente de la Generalitat español con nombre español, la que se escandalizaba por el alud de la inmigración que iba a robarle el trabajo, la religión, el turno del médico y la identidad al pueblo catalán; la que prohibía a sus hijos jugar con charnegos es, supuestamente, el capo de la banda. No ha tenido ningún empacho en convertir a sus propios hijos en cómplices, y hoy que el mayor está saludando a la primavera desde una celda de Soto del Real, no sólo no se la ve compungida, sino que sigue regalando al mundo su habitual gesto avinagrado en el que algunos quieren ver un carácter a prueba de bomba, pero que lo único que refleja es la amargura intrínseca de quien, pudiendo haber sido una madre al uso, prefirió hacerse pasar por la superiora de un convento y criar a una prole de presuntos.