La nave va

La Razón
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No hay memoria de un patán semejante. La casita de piedra blanca en lo alto de la colina, el faro que raja las tinieblas, tiene por comandante a un epígono muy menor de Charlie River. A un bufón de ego sazonado. Alguien que confunde sus neurosis con la púrpura y cuya paranoia crece como la levadura bajo el rayo de flashes. Vale que muchos de los presidentes anteriores abusaron de la mentira, que hubo feriantes de sí mismos, embaucadores compulsivos, ex-alcohólicos, matones, conspiradores y adúlteros. Algunos presumían de hablar con Dios y otros gritaban en la duermevela mientras los B-47 Stratojet regaban con napalm Indochina. Al menos los viejos dignatarios cultivaban un aire de normalidad. Respetaban la etiqueta, última alambrada contra las deyecciones del yo. Parecían genuinamente interesados en proteger al país. Veían a la presidencia como una institución cuasi sagrada. Investida de una solemnidad que manaba del pueblo. Incompatible con las perdularias refriegas en las que chapoteaban los cargos menores. No estaban todo el santo día hablándose al espejo, como macacos enfureridos. Trump, en cambio, insiste en que lo suyo con Twitter está a juego con las exigencias de una «presidencia moderna». Su penúltima o antepenúltima hazaña consistió en publicar un vídeo retocado de 28 segundos. Se le ve peleando en un ring de lucha libre. A su rival, en lugar de cabeza, le habían sobreimpuesto el logo de CNN. La lucha libre, el wrestling, tiene poco que ver con el boxeo. Los golpes, cintas, llaves y caídas son simulados. No se trata tanto de noquear al adversario, como, más bien, de establecer con el público un pacto que haga verosímiles unas hazañas propias del tebeo. A diferencia de los boxeadores, que se rompen la madre, los luchadores enmascarados, hijos del circo, pagan el alquiler mediante improbables tirabuzones y saltos de rana. Algunos hacen fortuna en Hollywood, como protagonistas de películas para adolescentes de 14 a 80 años (el grueso del público, ay). Más fake que otra cosa, a Trump le va la asociación con el wrestling, pseudodeporte al que yo sólo dediqué atención con 12 años. Cómo estaría de perdido que escuchaba a Los Refrescos (ojo, también a Dire Straits, Gabinete Caligari, Elvis Presley y Labordeta). Piensen que incluso quemaba algunos sábados con Humor amarillo; no, no lo hacía porque intuyera la grandeza futura de Takeshi Kitano. De todo el estrambote trumpiano me quedo con la certeza de que la prensa todavía suscita odios. Mick Jagger, más listo que el hambre, solía repetir «Que hablen de nosotros, aunque sea bien». O mal, claro. Quiere brearnos el tío con el botón nuclear, multimillonario y presidente de la única superpotencia. El molinillo de papel, la dulce balada que pasó de las linotipias al cable de fibra óptica, todavía ventila la actualidad, ordena el mundo y decide qué merece atención y qué no. Ladra Trump por las autovías de las redes sociales, aúllan los psicofantes, arrecia la tormenta y, gran paradoja, toca felicitarse. Mientras él y otros sultanes dediquen la noche a denigrar a los periodistas, la nave va.