La primera hija

La Razón
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El presidente Donald Trump ha roto con una vieja tradición americana. La exposición permanente de la mujer del presidente, la «First Lady», Primera Dama de la nación. Hay algo de cursilería en ello, pero el pueblo americano se había acostumbrado a esta figura femenina y respetaba su omnipresencia. Un presidente de los Estados Unidos, en público, está obligado a pasear de la mano de su mujer, improvisar gestos de complicidad con ella, y todas esas cosas. Clinton y Hillary sonreían al unísono cuando viajaron a Oklahoma pocos días después del chupachups en el despacho oval de la becaria Mony Lewinsky. Es de suponer que durante el vuelo a Oklahoma a bordo de «Air Force One», Hillary se interesó por el asunto, pero cuando se abrieron las puertas del avión presidencial, las aguas se habían calmado, el vendaval amainado y aparentemente brotaban preciosas florecillas de sus sonrisas de plástico. Kennedy fue maestro en aconteceres cameros, pero Jacqueline su mujer, supo cumplir con su papel de Primera Dama con elegancia y clase. Asesinado su esposo, Jacqueline se vengó largándose a los pocos meses del luctuoso acontecimiento de Dallas con Aristóteles Onassis, un naviero griego que poseía lo suficiente para mantener su modesto nivel de vida. Onassis había sufrido mucho durante sus amores con la diva María Callas y encontró la inmediatez del almíbar cuando conoció a Jacqueline. Un poeta epigramático resumió de esta guisa la situación. «Sufrió Onassis con la Callas/y su mal temperamento,/ pero pasó lo de Dallas/ y a la viuda dio contento».

Todas las Primeras Damas han ocupado el lugar inmediatamente posterior al de sus maridos. Pero Trump ha decidido que su Primera Dama carece de vocación y convencimiento, y ha entronizado a su hija Ivanka como Primera Hija. Ivanka, a lejano golpe de vista, es una mujer maravillosa. Pero con futuro ordinario. Se parece mucho a su padre, que en su juventud ofrecía mejores perspectivas estéticas. El listo es el yerno, que el día menos pensado se va a sentar en el sillón presidencial del despacho oval y va a exigirle a su suegro que golpee la puerta del habitáculo para solicitar permiso de acceso. –¿Con tu permiso, puedo pasar a mi despacho?–; –Pasa, pero no molestes que estoy trabajando–.

Ivanka acaba de asistir como Primera Hija a un foro convocado por el G-20 en Berlín, con Ángela Merkel, Christine Lagarde, la Reina de Holanda, la vicepresidenta del Bank of America, Anne Finucane, y otras señoras del más alto copete político y económico. Y la pobre Ivanka se ha llevado a los Estados Unidos los ecos de los abucheos en sus ocultas orejas, custodiadas por su larga melena rubia que tanto impacta cuando se mueve como ola de trigo. Y ha sido abucheada, porque el público no sabía qué pintaba allí, ni a quién representaba, y por qué ocupaba un lugar en la mesa presidencial. No obstante, la Primera Hija tiene el mismo carácter que su padre, y ha declarado que ella va allá donde su padre le ordene que vaya, y que lo hace con orgullo y convicción, y que si alguien se siente molesto por su presencia, que se rasque. Ella es así, y lleva camino de ser más así de lo que así es hogaño, y Trump no se ha apercibido del riesgo. Un día va a llegar al aeropuerto para embarcar en su «Air Force One», y le van a decir. –Lo sentimos, señor presidente. Se lo han llevado su hija y su yerno a las islas Fiji, pero tenemos el «Air Force two» a su disposición. Cuando recibamos el «catering», despegamos-.

Esta Ivanka va a dar mucho que hablar, como su apuesto marido, que no parece ambicioso ni nada que se le parezca. La Primera Hija manda. El yerno, también. Trump está perdiendo fuerza, y la Primera Dama ha desaparecido del protocolo. Se ha iniciado el cambio.