La red de analfabetos

Gabriel García Márquez propuso varias veces suprimir la ortografía del español, cosa que no hizo nunca aunque se le hubiera tolerado sin escándalo. Probablemente decía esas cosas para epatar a los pisaverdes de la escritura, pero su ominosa propuesta ya está instalada para no marcharse entre los mastuerzos que navegan por las redes sociales, pozo séptico del idioma, su sintaxis, la prosodia y el vocabulario. Los 144 caracteres han sido un Armagedón ortográfico que ya hace incomprensibles los textos correctamente impresos. Doy por seguro que la inteligente Cristina Cifuentes no se hubiera dado ofendida si la hubieran tildado de percanta, o de Salomé o de iza, rabiza o colipoterra, porque a la postre el facilón y desgastado epíteto de puta ya no se usa ni para las peripatéticas. El rufián que ha querido envilecerla no se merece una multa, sino un curso obligado de español. La concha de la lora es la máxima ofensa que puedes hacerle a un varón en Suramérica, pero las redes parecen redactadas por remamahuevos, del potencial español para la invectiva, en las dos orillas. El insulto se pierde en las brumas de internet. A nadie le llaman lechuguino, chupatintas, cagapoquito o monflorita, porque hasta la doble acepción de mariconazo es aceptada por las vestales de lo políticamente correcto. Perillán, zote, badulaque, estulto, cenutrio o lamelibranquio, han desaparecido de las redes, los pasquines y las calles. Todo ha quedado reducido, calcinado, a la puta o al cabrón con que se desahogan pusilánimes pendejos aficionados al anonimato. Pasar de los libros a la red es una autopsia del idioma realizada por un taxidermista, y no deja indemne ni el esqueleto. De las catástrofes conceptuales de la red da fe Beatriz Talegón, reina de la Internacional de Juventudes Socialistas, anunciando que la vacuna del cáncer lleva años secuestrada por una multinacional de farmacia. ¿Qué le decimos?: ignara.