La religión, factor de cohesión (II)

En el corazón de Asia, en Kazajistán, recordemos, el anciano Papa, sin fuerzas, San Juan Pablo II –lleno de fortaleza y coraje– salió al encuentro de los jóvenes universitarios, musulmanes, ortodoxos y ateos, y, ante las grandes y graves preguntas del hombre, les dijo cosas como éstas que deben hacernos pensar ante el drama de la humanidad: «Mi respuesta, queridos jóvenes, sin dejar de ser sencilla, tiene un alcance enorme: Mira, tú eres un pensamiento de Dios, tú eres un latido del corazón de Dios. Afirmar esto equivale a decir que tú tienes un valor en cierto sentido infinito, que cuentas a los ojos de Dios en tu irrepetible individualidad. . . Tenéis cada uno a vuestras espaldas distintos avatares, no exentos de sufrimientos. Estáis aquí sentados, uno al lado de otro, y os sentís amigos no por haber olvidado el mal que ha habido en vuestra historia, sino porque, justamente, os interesa más el bien que juntos podréis construir. Y es que toda reconciliación auténtica desemboca forzosamente en un compromiso común. Sed conscientes del valor único que cada uno de vosotros posee, y sabed aceptaros en vuestras convicciones respectivas, sin dejar por ello de buscar la plenitud de la verdad. Vuestro país sufrió la violencia mortificante de la ideología. Que no os toque ahora a vosotros caer presa de la violencia –no menos destructiva– de la ''nada''. ¡Qué vacío asfixiante, cuando en la vida nada importa y en nada se cree! Es la nada la negación del infinito, de ese infinito que vuestra estepa ilimitada poderosamente evoca, de ese infinito que el hombre irresistiblemente aspira... El Papa de Roma ha venido a deciros precisamente esto: hay un Dios que os pensó y os dio la vida. Que os ama personalmente y os encomienda el mundo. Que suscita en vosotros la sed de libertad y el deseo de conocer. Permitidme confesar ante vosotros con humildad y orgullo la fe de los cristianos: Jesús de Nazaret, Hijo de Dios hecho hombre vino a revelarnos esta verdad con su persona y su enseñanza».

Esto es lo que la Iglesia, nacida para servir y ser enviada en favor de todos los hombres, ofrece a quien quiera escucharla. Desde aquí no debería caber la intransigencia ni la autosuficiencia, ni la prepotencia que conduce a la exclusión y al desprecio de los demás, sino únicamente el inclinarse ante todo hombre y elevarlo a su dignidad más alta, encontrarse con todos desde el amor fraterno, amigo, sanante y restablecedor. Ésta es la gozosa esperanza de la Iglesia con la que mira el destino de la Humanidad.

Nada hay genuinamente humano que no le afecte. La fe en Cristo rechaza la intolerancia y obliga, a un diálogo respetuoso, a no excluir a nadie, a ser universalistas, a trabajar por la paz, basada en la justicia, en el real reconocimiento de la dignidad inviolable de todo ser humano y en el respeto a todos sus derechos fundamentales e inalienables y la promoción de todas las libertades, incluida la libertad religiosa que se derivan de la dignidad de todo hombre, criatura de Dios Creador, querida por sí misma, y redimida.

Añado, además, que para el cristiano no hay justicia sin perdón, que una verdadera paz sólo es posible por el perdón, y que tiene la obligación de excluir la venganza y estar dispuesto al perdón y al amor a los enemigos. Las tradiciones religiosas, asentadas y provenientes del reconocimiento de Dios, tienen recursos necesarios para superar rupturas y favorecer la amistad recíproca y el respeto entre los pueblos.

Es preciso y urgente alentar, promover y llevar a cabo el diálogo y la colaboración entre las religiones, siempre con la mirada de sumo respeto entre sí, con fidelidad a la verdad y excluyendo la mentalidad indiferentista marcada por un relativismo religioso y moral; y siempre al servicio de la paz, la convivencia, y la cohesión social entre los pueblos.

Promover encuentros para reflexionar atentamente sobre las discordias y las guerras que laceran el mundo, con el fin de encontrar los caminos posibles para un compromiso común de justicia, concordia y paz, mostrando cómo la fe en Dios, la verdadera actitud religiosa que reconoce y adora a Dios, genera paz, convivencia, cohesión social, dignidad de la persona,...

No podemos olvidar, asimismo, lo que dijo el Papa San Juan Pablo II en un encuentro con los líderes de diversas religiones en la plaza de San Pedro: (Los líderes religiosos) «como hombres de fe, tenemos el deber de demostrar que. . . cualquier uso de la religión para apoyar la violencia es un abuso de ella. La religión no es, y no debe llegar a ser, un pretexto para los conflictos, sobre todo cuando coinciden la identidad religiosa, cultural y étnica. La religión y la paz van juntas... Una mayor estima recíproca y una creciente confianza deben llevar a una acción común más eficaz y coordinada en beneficio de la familia humana. Nuestra esperanza no se funda sólo en las capacidades del corazón y de la mente humana; tiene también una dimensión divina, que es preciso reconocer. Los cristianos creemos que esta esperanza es un don del Espíritu Santo que nos llama a ensanchar nuestros horizontes, a buscar, por encima de nuestras necesidades personales y de las de nuestras comunidades particulares, la unidad de toda la familia humana. La enseñanza y el ejemplo de Jesucristo han dado a los cristianos un claro sentido de la fraternidad universal de todos los pueblos. La convicción de que el Espíritu de Dios actúa donde quiere (Cf. Jn. 3,8) nos impide hacer juicios apresurados y peligrosos, porque suscita aprecio de lo que está escondido en el corazón de los demás. Esto lleva a la reconciliación, la armonía y la paz. De esta convicción espiritual brotan la compasión y la generosidad, la humildad y la modestia, la valentía y la perseverancia. La humanidad necesita hoy más que nunca estas cualidades».