La revolera

La Razón
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La revolera es un pase de adorno que principia en lance y termina con el capote volando en círculo y en torno al torero. Después de una buena revolera el toro se siente engañado y ridículo. No comprende lo que le ha sucedido.

En un tramo de la suerte que dura un segundo, el torero queda al descubierto, y el toro, en lugar de aprovechar el instante para levantar al artista los pies del suelo, sigue con resignación el vuelo circular del capote al que se entrega con dulzura.

Lo que ha hecho Rajoy a Sánchez e Iglesias ha sido una doble revolera con bastante arte. Los ha descolocado. Decía el gran Antonio Ordóñez que la revolera es adorno de salida lucido y estético siempre que el toro no enganche el percal durante su vuelo. Que en ese caso, la suerte se resignaría a la vulgaridad. Y no. Rajoy los ha toreado con hondura rondeña, luz de Sevilla, y austeridad castellana siendo gallego. Galicia no es cuna de grandes figuras del toreo, pero después de la revolera de Rajoy a Sánchez e Iglesias, puede presumir de un efímero artista del toreo de capa.

Escribía dos días atrás que Rajoy está amortizado, y que haría bien en dejar paso a un sucesor en el Partido Popular, siempre que no fuera –esto lo escribo ahora–, Soraya Sáenz de Santamaría, que es el mismo Rajoy en versión mujer. Para mujeres del Partido Popular, Ana Pastor y Cristina Cifuentes, que le darían al partido liberal-conservador un aire nuevo y mucho trabajo. Pero hay que reconocer que en el momento más inesperado, Rajoy ha culminado una obra de arte en movimiento. Una revolera perfecta y armoniosa a dos morlacos que le embestían simultáneamente. Uno ha entrado al capote del derecho y el otro del revés, a traición, por la espalda, pero al volar el percal por el aire redondo, el toro que venía y el toro que llegaba han colisionado, quedando a merced del aturdimiento. Y eso no se ve todos los días en las plazas. Se han celebrado corridas simultáneas, dividiendo el redondel en dos medias naranjas. Algunas de ellas en el maravilloso coso del Puerto de Santa María, que tiene el ruedo más grande de España. Pero no se había dado el caso de torear a dos toros al mismo tiempo, citarlos para adorno de revolera, obligarlos a la embestida y que en la mitad de la suerte choque el uno contra el otro. Esa suerte es merecedora de dos orejas y rabo, y en el caso que nos ocupa, de dos orejas y coleta, porque lo del rabo puede abrir no la Puerta Grande ni la del Príncipe, pero sí las cancelas de la interpretación sesgada. En los pareados anónimos contra Godoy –«Vino de Castuera/ y medró ¡quién lo dijera!/ y en las alforjas traía/ ambición e hipocresía/ y además de la ambición/ poquísima educación», sigue la composición poniendo a caer de un burro al Príncipe de la Paz, y terminan los versos con el siguiente pareado: «Es un mal bicho, al que al cabo/ habrá que cortarle el rabo». Y los lectores, todavía, no coinciden en la interpretación, lo cual resulta harto curioso y digno de un análisis más pormenorizado.

Para mí, que el autor quiso referirse a un rabo bovino, no al humano figurado, y menos aún, al mefistofélico y llameante de las calderas de Pedro Botero. De aquella época, con dos generaciones de más, es el epigrama –atribuido a Manuel del Palacio–, que se envía desde el Infierno con dos versiones. La llegada de Narváez y la del duque de Valencia. La primera: «Ayer llegó don Ramón/ y le están poniendo el rabo./ Se espera con ilusión/ al señor González Bravo». La segunda: «Llegó el duque de Valencia/ y hoy le ponemos el rabo./ Se aguarda con impaciencia/ al señor González Bravo». Es decir, que mejor escribir «dos orejas y coletas» que «dos orejas y rabo», por aquello de las confusiones.

Pero no hay duda de que Rajoy los ha toreado. Y con arte. Buena revolera.