La última colonia

Felipe, duque de Anjou, se convirtió en el legítimo rey de España tras la muerte de Carlos II, el último soberano de la rama mayor de la Casa de Habsburgo que reinaba en España tras la muerte de los Reyes Católicos. El nieto de Luis XIV era clara e inequívocamente el candidato con mejores derechos, porque era nieto y bisnieto de infantas. La prematura muerte en 1699 del infante José Fernando de Baviera, hijo del elector Maximiliano II y de la archiduquesa María Antonia de Austria, despejó el camino para la candidatura francesa. La decisión de Luis XIV de ser generoso en las negociaciones para la Paz de Ryswick y las instrucciones que dio a su embajador en Madrid, el duque de Harcourt, hicieron que se formara un poderoso partido encabezado por el cardenal Portocarrero, que contrarrestó a los sucesivos representantes del emperador Leopoldo I, los condes de Harrach, padre e hijo, así como la reina Mariana de Neoburgo. Finalmente, Carlos II descartó la candidatura del hijo del emperador, el archiduque Carlos, y resolvió que fuera Felipe, que como nieto de María Teresa, la hermana mayor del rey difunto, era la línea preferente. Felipe V juró, en las Cortes celebradas tanto en Castilla como en los territorios de la Corona de Aragón, guardar todos los fueros, privilegios, extensiones y libertades de que gozaban sus habitantes y a cambio recibió el juramento de obediencia y fidelidad de los procuradores representantes de las distintas villas y ciudades.

A pesar de ello, comenzó la Guerra de Sucesión a la Corona de España, que no fue una guerra civil sino un complejo conflicto internacional. España comenzó siendo la Monarquía Hispánica y salió tras la Paz de Utrecht convertida en el reino de España y de las Indias, donde se continuaría un proceso reformista que arranca con Carlos II, gracias a los gobiernos de Don Juan José de Austria, Medinaceli y Oropesa, e incluso con Felipe IV. El reinado de Carlos II ya no se analiza con los criterios simplones de antaño y se sitúa en su justa medida. Uno de los resultados nefastos de la Guerra de Sucesión fue la pérdida de Gibraltar tras la ilegítima ocupación por el almirante Rooke, ya que Gran Bretaña no respetó que era un territorio español que, en todo caso, tenía que pasar a manos del pretendiente. El artículo X del Tratado de Utrecht confirmó ese derecho de conquista, aunque acotando el título de soberanía. Desde entonces no ha sido otra cosa que una colonia que España ha intentado recuperar mientras los ingleses vulneraban sistemáticamente Utrecht y el derecho internacional por medio de actuaciones ilegales.