Las fiestas

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En las fiestas se conoce a los pueblos. En medio del ruido festivo, cada vez más común, vulgar y cervecero, consecuencia de la invasión urbana, aflora aún tímidamente el alma antigua del pueblo, sus señas de identidad, que le diferencian de los de alrededor. En muchos sitios esta peculiaridad se va desfigurando de año en año como los letreros a la entrada de los pueblos abandonados. Los tentáculos de la ciudad se apoderan, cada año más, de la vida del pueblo, y alcanzan en verano hasta la última aldea. Cuando llegan las fiestas, todos los pueblos se esfuerzan, con mayor o menor fortuna, en sacar del arca de la tradición las viejas costumbres y mostrarlas a los forasteros, la mayoría hijos o nietos de los que se fueron. Recuperan por un día –digamos que hablo de las tierras de Soria– las danzas antiguas en la procesión de la Virgen, la caldereta en el prado, que es una demostración de vino y fraternidad, las móndidas de incierto origen, el mozo del ramo y los partidos de pelota en el frontón, solitario durante el resto del año. La «gallofa» de los mozos recorre las casas con dulzainas y tamboriles, los mayores juegan a la tanguilla como entonces y hasta las mujeres sacan los olvidados bolos a la pista. Son los despojos de un pasado que no volverá, una representación nostálgica y un último gesto de resistencia.

Le preguntaban al escritor John Berger, que vivió afincado voluntariamente en un pequeño pueblo, qué hemos perdido, qué es lo más importante que hemos dejado atrás, y respondía: «El sentido del pasado y el sentido del futuro. Lo que vivimos y lo que somos. Hoy el motor para vivir es el instante presente, que es el instante del mercado. Así que esa perspectiva que nos ofrece la visión del pasado, presente y futuro ha quedado enormemente reducida. Ya no sentimos, como se sentía hace muy poco, que los muertos están con nosotros ni que tenemos una deuda pendiente con los que aún no han nacido». El caso es que los pueblos se mueren, a pesar del chispazo de vida de las fiestas, y los que sobrevivan dejarán pronto de tener vida propia en la medida en que vayan perdiendo las referencias del pasado. De momento a los pueblos los salvan las fiestas. ¡Que suene la música!