Las gachas del rey Perico

La Razón
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Que haya tenido que salir Alfonso Guerra en la radio a refrendar el discurso del Rey Felipe habla mucho del estado de los herederos de la izquierda jacobina en este país. Actor principal del acuerdo constitucional, al político sevillano no se le caen los anillos a la hora de recordar que un demócrata, si pretende llamarse como tal, ha de apoyar el estricto cumplimiento de la Carta Magna aun en su extremo, ya sea aplicando el artículo 8 (el uso de las Fuerzas Armadas para la defensa del ordenamiento constitucional), el 116 (la declaración del estado de excepción) o el ya célebre 155. La legitimización de éste último ante una posible declaración de independencia, en resumen, fue a lo que aludió el Rey Felipe un día antes de que los reyezuelos catalanes insistieran con seguir siguiendo y avanzar hacia el precipicio final. Ayer, los portavoces de ese supuesto país moderno reclamaban la mediación del abad de Montserrat, un modo, digamos que heterodoxo, de guiar al republicanismo al pico más vanguardista del planeta. Aún no lo saben, pero éstos son más antiguos que el rey Perico, monarca en régimen absoluto de ese sector de la Cataluña golpista. Y, como reza el dicho antiguo, no hay cosa tan desaliñada, pobre, mala y antigua que la que sucedió en el tiempo del rey Perico, el rey que rabió por gachas. Visto lo visto, el cuadro de Puigdemont y de sus colaboradores encajaría como uña y mugre en el sórdido escenario del dramaturgo del Siglo de Oro Diego Velázquez de Puerco, autor de «El rey Perico y doña Tuerta». El «monarca» catalán, que pretende a toda costa el presunto martirio del 155, señala ya mañana como un nuevo día D, el enésimo, la efeméride de la asonada de Companys en 1934. Ay, Perico Palomo, que yo las guiso y yo las como. Las gachas, claro.