Le Pen agita los pilares de la república

La Razón
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La primera vuelta de las elecciones francesas ha arrojado los resultados previsibles sobre los candidatos finales que rivalizarán por la Presidencia: Emmanuel Macron, de la coalición En Marcha!, y Marine Le Pen del Frente National. También era previsible el hundimiento del Partido Socialista, a tenor de la mala imagen del actual presidente Hollande que le llevó a renunciar a su candidatura y las disensiones internas.

Es significativo el resultado alcanzado por François Fillon, del centroderecha, a quien los escándalos por corrupción han deteriorado su imagen más que su apoyo electoral, pero le han sacado de la carrera final. El caso de Jean-Luc Mélenchon, líder de los grupos de la izquierda radical, es precisamente el contrario, ya que el apoyo electoral recibido no ha alcanzado las expectativas que tenía de recoger el voto descontento de los socialistas para sumarlo al de los grupos juveniles antisistema y superar al sector de centroderecha, para convertirse en la decisiva tercera fuerza política que pudiese condicionar la segunda vuelta.

Más allá de los resultados inmediatos, si se quiere comprender su alcance profundo y prever el final de la segunda vuelta es necesario conocer la mentalidad política francesa, claramente plasmada en el sistema institucional del Estado y en el modelo electoral, y las reacciones que se movilizarán para el resultado final.

Desde la Revolución el ciudadano francés atribuye un valor supremo a la Nación, máxima expresión de la voluntad colectiva de todos los franceses, y reconoce en la forma republicana del Estado y la centralización de su poder las garantías básicas de la continuidad nacional. Los franceses están orgullosos de que su país sea una potencia mundial y europea, profesando fervorosa devoción por su historia y su identidad colectiva a la que someten sin resistencia su personalidad individual.

Ello explica la existencia de un sistema presidencialista fuerte, es decir con una Presidencia legitimada mediante la elección directa que concentra importantes poderes exclusivos, incluidas la política exterior y la defensa. Las elecciones presidenciales, con la fórmula de doble vuelta, se convierten así en un instrumento decisivo de la voluntad política francesa, ya que en ellas se dirime el verdadero poder de la República.

Sobre este fondo social se ha superpuesto en la segunda mitad del siglo XX una inmigración compleja, culturalmente diversa y no siempre bien integrada económica y políticamente, que ha provocado cambios decisivos tanto en las raíces culturales como en la composición de las instituciones y la seguridad del Estado. Naturalmente estos cambios profundos han afectado directamente a los programas electorales en las cuatro últimas elecciones presidenciales y explican en gran medida la crisis que se ha evidenciado en las fuerzas políticas tradicionales y la fragmentación de las candidaturas.

Los máximos exponentes de los contradictorios efectos que provoca la profunda crisis de identidad que vive Francia son precisamente Marine Le Pen y Mélenchon. Ambos simbolizan el voto del descontento, pero mientras la primera lidera a los ciudadanos que quieren borrar la historia de las últimas décadas, indisolublemente asociada a la inmigración y la heterogeneidad cultural, ofreciendo un imposible futuro del Estado decimonónico, el segundo simboliza el voto de rechazo con la oferta de un modelo de sociedad y Estado que no tiene raíces en el país.

Ya sabemos que será la oferta de Le Pen y no la de Mélenchon la que será sometida al veredicto popular en la segunda vuelta. Por tanto es más que previsible que la mayoría del voto de la izquierda radical no vaya a Le Pen sino a la abstención.

En cuanto a Macron, su propuesta descansa en un modelo liberal pero con claros componentes nacionales. Es un modelo que, sin duda, atraerá el voto de los candidatos del centroderecha y del socialismo, lo que por sí mismo ya le aproximaría a la mayoría absoluta, pero además no es descartable que parte de los votantes de candidatos de la izquierda menos radical o de los representantes de la inmigración terminen movilizándose a su favor para evitar la llegada de Le Pen al Elíseo. Es importante tener en cuenta que en la segunda vuelta, a diferencia de los resultados actuales, la abstención resulta irrelevante para el resultado final.

En cierta medida es un «dejá vu» de las presidenciales que enfrentaron a Jean Marie Le Pen y Jacques Chirac en 2002, sólo que en circunstancias más fluidas y menos previsibles debido al hundimiento del Partido Socialista. De nuevo asistiremos al enfrentamiento entre las dos caras de Francia, la que mira al pasado de una «grandeur» nacional superada por la globalización y la crisis, de una parte, y la que mira al futuro ofreciendo unidad nacional y europeísmo liberal.